La destrucción de San Sebastian 1813

Saqueo y destrucción de San Sebastian

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Para poder entender lo sucedido en el saqueo de San Sebastián es necesario situarlo indefectiblemente en el marco de la guerra de Napoleón. La Revolución Francesa comenzó en 1789, pero Napoleón no lograría el poder hasta 1799. Tres años más tarde, en 1802, consiguió ser Cónsul vitalicio y en 1804 se autoproclamó Emperador de Francia. A partir de este momento puso en marcha la expansión militar. A pesar de haber sufrido la derrota de Trafalgar en 1805, venció a los austriacos en Austerlitz, a los prusianos en Jena en 1806, y en 1807 firmó el Tratado de Tilsit con Alejando I de Rusia. Así las cosas, y viendo que casi su único rival era Gran Bretaña, en 1808 entró en España con la excusa de conquistar Portugal, que era aliado de aquella. En un principio, la conquista fue sencilla y se hizo con casi la península entera, pero pronto los británicos y los españoles organizarían el contraataque. Viendo que las cosas iban según el guión previamente marcado, en 1812 el orgullo de Napoleón le llevó a intentar conquistar Rusia. Las derrotas de Bailen y Rusia provocaron el declive del Primer Imperio de Francia. En 1814 los aliados entraron en París y finalmente Napoleón fue encarcelado en la isla de Elba. A pesar de todo, volvió con intención de recuperar el poder, pero sufrió la derrota de Waterloo el 18 de junio de 1815. Fue recluido en la isla de Santa Elena, donde falleció.

La guerra entre 1808-1814 no fue la “Guerra de la Independencia”, ya que ese concepto se acuñó durante los siglos XIX y XX. En Inglaterra y Francia la denominación utilizada fue la de “Guerra de España” o “Guerra de la Península”. El concepto de “Guerra de la Independencia” surgió en las décadas 20 y 30 del siglo XIX, coincidiendo con los procesos de independencia de las colonias de América, y se generalizó en la década de los 50 y 60.

Hasta 1812 los ingleses practicaron una guerra defensiva, pero a partir de la batalla de Arapiles se convirtió en una guerra de ataque. Debido al frente abierto en Rusia, Napoleón decidió sacar de España 100.000 hombres. Aprovechando eso, los ingleses organizaron un ataque general. El 19 de enero de 1812 los aliados arrasaron y tomaron  Ciudad Rodrigo. El 19 de marzo comenzó el sitio de Badajoz y para abril lo habían terminado con un ejército de 70.000 soldados. En mayo comenzaron las maniobras de distracción: desembarco en Cataluña; ataque concéntrico contra las tropas de Soult que estaban en Andalucía; avance por el frente cántabro ayudados por la Armada inglesa que desembarcaría en Vizcaya para ayudar a las guerrillas dirigidas por Longa y Porlier; el ejército de Galicia tenía que atacar Astorga. Pero la verdadera ofensiva comenzó el 13 de junio. El 22 de julio de 1812 tuvo lugar la Batalla de Arapiles. Gracias a la victoria, el camino de Madrid quedó libre, obligando a los franceses a evacuar Andalucía y obligando a los tres ejércitos a unirse en Valencia. Transcurrido casi un año sin operaciones, por fin comenzó la última ofensiva. El 21 de junio de 1813 los aliados atacaron Vitoria. El 24 de junio de 1813 estaban en Ordicia y el 25 llegaron a Tolosa. A pesar de soportar el ataque durante varias horas, al ver que los ingleses traían artillería, el general Foy dejó Tolosa y marchó hacia Andoain y Hernani, donde había 16.000 soldados franceses. Solamente quedaban Pamplona y San Sebastián. Soult intentó contraatacar con los batallones reunidos en San Juan de Luz entrando por Navarra, pero las fuerzas españolas e inglesas lo detuvieron y volvieron a Francia por Echalar. Hicieron un último intento por Irún, pero la batalla de San Marcial los detuvo el 31 de agosto; allí, bajo el mando de Mendizabal, participaron los voluntarios asturianos, los tiradores cántabros, los regimientos La Corona, León y Guadalajara y los tercios guipuzcoanos. Al mismo tiempo, se combatía en el camino entre Oyarzun y Vera. Los ingleses y los españoles de Longa expulsaron a los últimos franceses. Girón, por su parte, se encontraba custodiando la frontera entre Echalar.

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El 28 de junio Mendizabal llega a San Sebastián con 7.000-8.000 soldados, tras la batalla de Tolosa.

El sitio de San Sebastián

A partir de aquí nos centraremos en el sitio de San Sebastián. El 28 de junio Mendizabal llega a San Sebastián con 7.000-8.000 soldados, tras la batalla de Tolosa. Los franceses, para evitar el avance de los aliados, habían quemado los barrios de San Martín y Santa Catalina. El general francés Rey contaba con 3.500 soldados y el general Foy aportó otros 700. En el convento de San Bartolomé había otros 3.000 franceses y 77 cañones, 40 hombres en Santa Catalina y 25 en la isla de Santa Clara. El 29 de junio Mendizabal intentó hacerse con San Bartolomé, pero no tenía artillería y sus soldados —el tercio guipuzcoano— estaban mal equipados. El 3 de julio la Armada inglesa llega a San Sebastián para comenzar el bloqueo. El 9-10 de julio Graham llega a San Sebastián junto a 10.000 soldados: la Quinta División inglesa a cargo de Oswald y las divisiones portuguesas bajo el mando de Bradford y Wilson. El 11 de julio Wellington llega por Hernani y decide utilizar la misma estrategia que utilizó Berwick en 1719: plantea atacar por el cerco este, situando artillería en las dunas del Chofre. Ordenó hacerse con San Bartolomé y el 17 de julio fue tomado por los portugueses, así como el Rondeau (fortaleza redonda) entre el Hornabeque y el barrio de San Martín. Las baterías de cañones colocadas por los ingleses en Ulia, el Chofre y San Bartolomé comienzan a disparar sin descanso bombas y granadas.

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El 14 de julio Wellington toma el camino de Lesaca para dirigir al ejército del Pirineo. El 16 de julio se quema San Bartolomé y sucede la batalla de San Martín. El 21 de julio Graham pide al francés Rey que rinda el fuerte, pero éste rechaza tal invitación. El 22 de julio en los cubos de Amezqueta y Hornos se abre una brecha de 50 metros. Un día más tarde, el 23 de julio, la grieta se amplía y se abre otra de 10 metros entre Hornos y el baluarte de San Telmo. Wellington, tras conocer los deseos de Soult, convirtió el sitio en bloqueo y ordenó el ataque.

Ese primer ataque sucedió el 25 de julio, y tras el fracaso resultaron 100 muertos, 400 heridos y los franceses detuvieron a 189 soldados portugueses. Intentaron entrar por las grietas abiertas, pero los franceses, bien pertrechados, les hicieron detenerse. Durante las siguientes tres semanas continuaron los bombardeos. El 15 de agosto se hicieron celebraciones en honor al Emperador Napoleón, a pesar de que los bombardeos continuaban. El 26 de agosto fueron destruidos los cubos de Hornos y Amezqueta y el muro entre ambas. Soult toma camino hacia San Juan Pie de Puerto y Wellington vuelve a San Sebastián. Durante el 27 y el 30 de agosto se produjo un bombardeo continuo. El 29 de agosto MacAdam realizó un falso ataque con 19 escoceses del 9º regimiento. Wellington observó las grietas y decidió hacer el último ataque el 31 de agosto a las 11 de la mañana, con bajamar. Wellington colocó al general Leith a la cabeza de la ofensiva con 3.000 soldados de la Quinta División de Robinson, Hay y Spry y del batallón de cazadores portugueses de Bradfor. Robinson atacó por la arena, para entonces ya seca, aprovechando que la marea estaba baja. Las cosas se torcieron, sobre todo para aquellos que estaban en el baluarte de San Juan. Pero de repente, cuando las cosas estaban peor que nunca, estalló el polvorín de bombas y granadas que tenían los franceses en la brecha. Gracias al ataque, los ingleses entraron y detuvieron a 600-700 franceses.

La tarde del 31 de agosto los ingleses y portugueses tomaron la ciudad. El saqueo duró 7 días y en él participaron los soldados atacantes, los refuerzos venidos desde Astigarraga y los marineros de la Armada inglesa que estaban en Pasajes. El fuego comenzó en la casa de Soto de la Calle Mayor; prendieron fuego a todas las casas de los comerciantes de la Calle Mayor, y también al ayuntamiento. Con esto comenzó el saqueo, el robo y las violaciones casa por casa. De las 600 casas que había en San Sebastián tan solo quedaron 36, las de la calle Trinidad, donde se encontraban alojados los mandos ingleses. También se salvaron las iglesias de Santa María y San Vicente por ser utilizados como hospitales, cuarteles y alojamientos. Entre otras también se salvó la casa del comerciante Antonio Tastet —quizá porque era el hermano del banquero de Londres Fermin Tastet—. El 1 de septiembre a los habitantes se les permitió salir. El 3 de septiembre le pidieron al general Rey que estaba en el castillo de Mota que se rindiera, pero no lo hizo hasta el 8 de septiembre, cuando los franceses se quedaron sin munición. El mismo 8 de septiembre se reunieron en Zubieta la oligarquía y los miembros del concejo que habían escapado de la ciudad antes del sitio, y allí mismo tomaron la determinación de reconstruir la ciudad.

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El sitio dejó los siguientes datos: 3.000 soldados fallecidos entre los franceses; 2.462 soldados y 161 oficiales fallecidos entre los ingleses; 600 casas devastadas, pérdidas materiales por valor de 102 millones de reales; 1.500 víctimas entre los donostiarras, 300 a consecuencia de los saqueos y los abusos de los soldados ingleses y los portugueses y 1.200 más a causa de la epidemia posterior.

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La tarde del 31 de agosto los ingleses y portugueses tomaron la ciudad.

Los porqués del saqueo y la destrucción

Para finalizar, debemos preguntarnos por qué sucedió tal brutalidad. El sitio de San Sebastián fue el más largo de toda la guerra, 63 días de duración, y también el más duro, ya que los bombardeos fueron ininterrumpidos casi desde comienzos de julio. Por consiguiente, podemos decir que los soldados atacantes estaban deseando de finalizar con el sitio. No debemos olvidar que semejantes abusos y saqueos no eran nuevos, también sucedieron en otros lugares de  España , siendo protagonistas los soldados ingleses, portugueses: Manresa, Reus, La Coruña, León y tierras de Galicia, Benavente, Ciudad Rodrigo, Badajoz, Vitoria y San Sebastián. Sin embargo, en Madrid, Toledo, Sevilla y Salamanca los británicos fueron bien recibidos. En Cádiz y Palencia la bienvenida fue más fría.

En algunos casos hubo destrucciones: en Madrid los ingleses destruyeron la Casa China y la fábrica de Porcelanas de El Retiro. Por eso mismo, cuando acaecieron los sucesos de San Sebastián la revista Duende de los Cafés de Cádiz, tenía la sospecha de que la idea era destruir un núcleo comercial, teniendo en cuenta que San Sebastián era fundamental para Francia, sobre todo en el caso del contrabando. Es cierto que la destrucción selectiva plantea que hubiese un interés económico oculto por causar el mayor daño posible. Casualmente, la primera calle en quemarse fue la de los comerciantes, también el ayuntamiento, sede del Consulado y del archivo. Hay que tener en cuenta que San Sebastián, gracias a los vínculos que mantenía con Bayona, era un lugar comercialmente estratégico para los donostiarras y para los franceses, ya que era la puerta principal para los productos de contrabando de América y Europa y uno de los principales competidores de los comerciantes británicos.

En Ciudad Rodrigo los soldados ingleses se emborracharon y a consecuencia de ello se produjeron los excesos, asesinatos, violaciones, y la destruccion de toda la industria textil española. En Badajoz los protagonistas de los abusos fueron los soldados ingleses, portugueses. En Vitoria, junto a los ingleses, los portugueses también participaron en los robos. Los mandos ingleses admitían esos abusos a fin de facilitar el descanso psicológico y moral de las tropas. los ingleses, portugueses robaron y confiscaron trigo, cortándolo antes de tiempo y tirando vallas, en Navarra y Gipuzcoa.

Por lo tanto, la imagen de los ingleses fue empeorando. Los ingleses tenían muchos prejuicios sobre España. Se creían superiores a los españoles por la imagen que los franceses habían creado durante la época de la Ilustración: tierra apartada, atrasada y alejada de las centros culturales europeos. Creían que España seguía anclada en el Barroco, en la época de la Contrarreforma, por lo tanto pensaban que prevalecía la oscuridad, la crueldad y la intolerancia religiosas. Quizá, lo sufrido fue haciendo mella en los soldados y en San Sebastián explotaron. No podemos olvidar, además, que hasta hacía poco españoles e ingleses habían sido rivales y, seguramente, al terminar la guerra volverían a serlo debido a los territorios de la América española.

Se ha especulado mucho sobre las razones políticas y sobre la participación de los generales Castaños y Álava, pero esas teorías no tienen ningún fundamento: hacía mucho tiempo que ninguno de los dos estaba en San Sebastián; las tropas españolas estaban en San Marcial y Navarra, y no en San Sebastián; Wellington y Graham eran quienes dirigían las tropas británicas y portuguesas y los generales españoles no tenían ningún mando sobre ellas; los donostiarras eran españoles, súbditos de Fernando VII de España o de la Regencia de Cádiz, por lo tanto no tenía ninguna lógica destruir una fortaleza española. Se han mencionado los Fueros, pero tampoco tiene lógica, porque la mayoría de los donostiarras, al igual que Fernando VII, estaba a favor de los fueros; únicamente unos pocos comerciantes reclamaban la modificación y adecuación de los fueros, pero jamás su abolición. A día de hoy lo único que sabemos a ciencia cierta es que fueron ingleses y portugueses los únicos responsables del saqueo y destrucción de San Sebastián.

Máximo Gonzalez-Palacios Franco.

Bibliografía:
Euskonews.
Alvaro Aragon Ruano.

El Progreso Detenido 1808

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Fernando VII.

Cuando el 4 de mayo de 1814, Fernando VII restauró el absolutismo declaraba nulas la Constitución de Cádiz y las decisiones de ella derivadas «como si no hubiesen pasado jamás tales actos y se quitasen de en medio del tiempo». Quería suprimir el pasado reciente. Se refería a la obra liberal, pero el espíritu del Decreto de Valencia buscaba volver a 1808, a antes del 2 de mayo, como si no hubiesen sucedido la Guerra de la Independencia y todo lo que vino. La ambición de borrar la historia resultó vana. Todo había pasado: la insurrección nacional, la guerra, la revolución liberal, las abdicaciones de Bayona, los afrancesamientos, las llamadas a defender la religión y al Rey, la guerrilla… Estaban en medio del tiempo y no lo quitarían de él las voluntades políticas.

Al contrario: las consecuencias de la Guerra de la Independencia fueron intensas, profundas, duraderas. Ha sido, con la Guerra Civil, el acontecimiento que más ha marcado nuestra historia contemporánea. Idealizaciones nacionalistas al margen, la guerra fue una catástrofe nacional. Murieron en torno a 250.000 españoles, 200.000 franceses, 50.000 ingleses. Las dimensiones del desastre sólo pueden compararse a las que tuvo la contienda civil de 1936-39. Entre quienes murieron y los que no nacieron como consecuencia de la guerra, las pérdidas demográficas alcanzaron quizás más de 350.000 personas, en un país de unos 12 millones de habitantes. A la catástrofe humanitaria se sumaron las destrucciones, muy intensas en las ciudades pero que afectaron a todo el mundo económico. España quedó devastada, con pérdidas en su aparato productivo que no se habían conocido nunca.

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Fusilamientos 3 de Mayo.

Las consecuencias de la guerra no se quedaron sólo en los quebrantos humanos y económicos. Se perciben en todos los órdenes, pues la invasión francesa de 1808 y la respuesta española transformaron de raíz la historia de España y gestaron un nuevo punto de partida, tras la brusca ruptura de la evolución política y económica.

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Jose Bonaparte.

De entrada, interrumpió definitivamente el proceso de modernización económica iniciado con la Ilustración, con reformas que habían producido avances modestos pero perceptibles. De otro lado, el vacío de poder creado en mayo de 1808, dio su oportunidad a la revolución liberal. Y se gestó una nueva dinámica política, que condicionaría las siguientes décadas, basada en el antagonismo radical entre los revolucionarios, que contaban con la experiencia del ejercicio del poder durante la guerra y con un modelo constitucional, y los defensores a ultranza de la monarquía absoluta, despojada de las ambiciones reformistas de fines del XVIII.

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Desastres de la guerra.

Este esquema bipolar, dos grandes doctrinas que se enfrentaban radicalmente, fue una de las herencias de la guerra. Además, desaparecieron los espacios intermedios. Los representaban bien los ilustrados que se afrancesaron y que quisieron llevar a cabo su programa de reformas con José I. Tras la guerra, descalificados como traidores, tuvieron que marchar de España. Fue el primer exilio de nuestra historia contemporánea: se calcula que afectó a unas 12.000 familias. Muchos de los afrancesados encarnaban los afanes modernizadores y reformistas. Desaparecía de España un segmento político clave, que se alejaba de las formas absolutistas y marcaba distancias con el radicalismo revolucionario. Este hecho contribuyó a que, sin lugares centrales, los posteriores vaivenes de la política española oscilasen entre los extremos del arco ideológico.

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Asalto al cuartel de Monteleon

La experiencia de la guerra tuvo otra secuela, que afectaría a las formas que adoptaría la política española. Entre 1808 y 1813 la guerrilla había arrastrado a miles de españoles, en una movilización sin precedentes que resultó clave en la derrota de Napoleón. Pues bien, el levantamiento de partidas guerrilleras se convertiría desde entonces en todo un mecanismo político, con la idea de que la violencia podía ser el medio de resolver los conflictos. En las décadas siguientes, tanto absolutistas como liberales llamaron a formar partidas guerrilleras en sus disputas por el poder. La guerrilla y los militares. El militarismo, que marcaría la historia de España del XIX, hunde también sus raíces en el predominio político que alcanzaron guerrilleros y generales durante la Guerra de la Independencia.

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Buena parte de los líderes militares salidos de la insurrección de 1808-14, de origen popular – bien distinto a la procedencia aristocrática de los mandos del Ejército tradicional–, fueron partidarios del liberalismo. Esta circunstancia novedosa, de índole revolucionaria, dificultaría el retorno de la monarquía absoluta. Había otra, que gravitaría sobre la restauración absolutista de 1814, y que tenía que ver con el cariz de la Guerra de la Independencia. Fernando VII se quejaba en el Decreto de Valencia de que las Cortes de Cádiz le habían despojado de la soberanía al proclamar la soberanía nacional. Era la perspectiva tradicional, la que creía en los monarcas por derecho divino, pero su indignación regia no ocultaba que su regreso al trono se había debido a la insurrección de quienes exigían su retorno. La ideología podía explicarlo como fuera y hablar de la providencia y de los derechos dinásticos, pero esta circunstancia –el Rey volvía a reinar porque así se había manifestado la voluntad nacional – constituía una ruptura histórica de calado, que rompía con las legitimaciones tradicionales de la monarquía.

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Juan Diaz, El Empecinado.

Las secuelas de la guerra pueden percibirse desde múltiples puntos de vista. Tras la ocupación francesa de España comenzaron los procesos independentistas en Latinoamérica, que serían irreversibles. En 1814 se restableció el dominio español sobre buena parte de las colonias –no así en Argentina–, pero ya no sería duradero: una década después todas las colonias del continente americano se habían emancipado. Además, en 1814 no se restauraron ya los nexos económicos coloniales. Tal ruptura agravó la calamitosa situación de la economía. Había crecido durante la contienda la deuda pública y se ahondó la bancarrota del Estado. Las ulteriores luchas entre absolutistas y liberales se producirían en una situación de quiebra financiera y de marasmo económico y social.

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Salamanca.

La Guerra de la Independencia, por tanto, significó un antes y un después. Y en el imaginario colectivo ocuparon su lugar los recuerdos de la insurrección nacional, la movilización popular, la oposición al extranjero y el esfuerzo por defender la tradición o las libertades. La imagen de España levantada en armas contra la invasión extranjera formó parte de la construcción del nacionalismo español del siglo XIX. Se le atribuyeron, de forma no necesariamente exacta –fue un movimiento muy complejo–, las características de una insurrección espontánea, general, popular, como expresión de una conciencia nacional compartida colectivamente. Al margen del grado de certeza de estas elaboraciones ideológicas, el acontecimiento del que ahora se cumplen 208 años constituye un hito histórico cuya especial envergadura y trascendencia lo hace de obligada conmemoración y estudio, para entender las claves de nuestro pasado y de cómo se ha forjado nuestra sociedad.

Máximo Gonzalez-Palacios Franco.

Bibliografía:
El Correo.