ALONSO DE MENDOZA 

​Capitan Alonso de Mendoza.

Por Máximo González Palacios Franco. 

Nacio en Garrovillas de Alconetar, Cáceres, España y murió en 1551 en Larecaja (Bolivia), Conquistador y fundador de ciudad de La Paz.

Los primeros pasos de Alonso de Mendoza en tierra de las Indias fueron dados en territorio mexicano (Veragua), para seguir hacia el sur, con el objetivo de llegar al reino del Perú, una de las grandes metas de la conquista. En su recorrido estuvo en la fundación de la ciudad de Quito, donde ejerció por corto tiempo el cargo de alguacil mayor. En Perú se incorporó a las fuerzas comandadas por Francisco Pizarro, en lucha de supremacías contra los rebeldes dirigidos por Diego de Almagro. No tardó mucho en entrar en acción, en la batalla de las Salinas, en defensa del Escuadrón Real, bajo las órdenes de Gonzalo Pizarro y al lado de Pedro de Valdivia y Pedro de Portugal.

Pacificado Perú, Alonso de Mendoza formó parte de un contingente encabezado por el capitán Pedro Anzures de Campo Redondo, que tenía por misión llegar a las tierras orientales llamadas los “Chunchos”.

Esta “jornada de los Chunchos” —dice Cieza de León— ha sido “la más lastimosa e congojosa que han hecho en todas las Indias, pues faltaron más de la tercia parte de los españoles, muertos todos ellos de hambre”. Fueron esas tierras las que el pacificador Pedro de La Gasca dio más tarde a Mendoza como encomiendas (Simaco, Chacapa y Larecaja).

Se hallaba como vecino de La Plata en 1541 y allí se integró en un contingente comandado y organizado por Pedro Anzures para combatir a los almagristas que habían asesinado a Francisco Pizarro en Lima.

“La noticia causó en los vecinos de La Plata mucha confusión” (Herrera).

Era ahora compañero de jefes tan destacados en esos años como Garcilaso de la Vega, Pedro de Hinojosa, Diego Centeno, Diego de Rojas, que se alistaron para ir en defensa de la autoridad real y a los cuales se unió en Cuzco una fuerza considerable bajo el mando unificado de Perálvarez de Holguín. En Huaraz se le adjuntó una nueva partida bajo el mando de Alonso de Hinojosa. En Chupas, el 16 de septiembre de 1542, se enfrentaron con la fuerza almagrista a la que derrotaron.

Cieza de León menciona a Mendoza “entre los principales capitanes”.

Pacificado nuevamente Perú, llegaron las llamadas Leyes Nuevas, por las cuales el emperador Carlos V reducía a “una sola vida” el usufructo de las encomiendas; teóricamente, los indios quedaban eximidos del trabajo en las minas y tenían derecho a una remuneración por sus servicios a los españoles. Quedaban canceladas las encomiendas de obispos, monasterios, hospitales y autoridades. Con ello también quedaban perjudicados los españoles que habían combatido a favor de la legalidad pizarrista. Las Leyes Nuevas dañaban a muchas personas (“las Leyes produjeron grandes escándalos, alteración y descontento”, Garcilaso) y fueron completadas con la creación de la Audiencia de Lima, bajo la dirección de Blasco Núñez de Vela, quien dio estricta aplicación a tales disposiciones “con todo rigor, sin ninguna disimulación” (Zárate)

Los conquistadores se quejaban de que habían gastado sus haciendas y derramado sangre en las guerras.

Los encomenderos se concentraron en Cuzco y eligieron como personero y procurador general a Gonzalo Pizarro, quien, según señala Gómara, “alzó pendón, tocó a tambores, tomó el oro del arca del Rey […] y armó hasta 400 hombres a caballo y a pie”.

En Lima, el virrey formó un ejército de seiscientos hombres y, en espera de los sucesos, suspendió las ordenanzas y se retiró a Trujillo, al norte de Perú, pero un grupo de disconformes con esa medida apresó a Núñez de Vela y lo trasladó a Panamá.

El gobierno quedó en poder de los oidores. Pizarro estaba a una legua de Lima; le entregaron la autoridad y pidió la confirmación real, pero una facción desconoció su autoridad en La Plata.

Un destacamento fue enviado a sofocar la rebelión en La Plata; allí fue Alonso de Mendoza y se reestableció la autoridad pizarrista con Mendoza como gobernador.

Gutiérrez de Santa Clara dice que éste “era muy rico de dinero”. Diego Centeno pidió a Pizarro que le entregara la ciudad, pero éste marchó a Cuzco con su gente y se unió a Francisco de Carvajal. Tras una serie de marchas y desplazamientos desde el lago Titicaca a Potosí, llegó un momento en el que Pizarro ocupó Quito y Carvajal La Plata con Mendoza como su teniente. Fue entonces cuando el clérigo Pedro de La Gasca, con amplios poderes reales para imponer el orden, llegó a Panamá y hábilmente fue formando una fuerza respetable.

Mendoza evaluó las perspectivas de éxito y determinó pasarse al servicio del Rey y, unido a Centeno, marchó a Zepita. Tras una serie de desplazamientos, marchas, deslealtades y adhesiones, las fuerzas se avistaron en Guarina el 19 de octubre de 1547.

En los años de las llamadas “guerras civiles”, Mendoza tuvo una participación en las acciones que enfrentaron a los españoles desde Cuzco hasta La Plata.

Monumento a Alonso de Mendoza en La Paz.

Un cronista dice que era “muy diestro en cosas que tocaban al arte militar” y así, actuando en uno y otro frente, en Guarina y en Xaxisaguana, fueron derrotados los rebeldes el primero de abril de 1548. Pizarro y Carvajal fueron decapitados. La Gasca otorgó a Mendoza una renta de 2000 pesos al año y le ordenó la fundación de La Paz, hecho que se llevó a cabo el 20 de octubre de 1548, constituyendo las autoridades de Gobierno hasta el 4 de mayo de 1551.

El lugar elegido por Alonso de Mendoza para la fundación estaba en una hondonada, en pleno altiplano de los indios aimaraes, en cuya lengua se llamaba Chuquiabo, que quiere decir “heredad de oro”.

Anteriormente, Francisco Pizarro la había ocupado, sacando de ella gran cantidad de oro. Un cronista dice que Atahualpa dio a Pizarro la noticia de los lavaderos.

El pacificador Pedro de La Gasca concedio poder a Mendoza para elegir el lugar que más le apeteciera y éste escogió Chuquiabo; la nueva población se denominó “Nuestra Señora de La Paz”.

Mendoza fue nombrado el primer corregidor. Su gobierno duró tres años, dejando constituidas las autoridades y reemplazantes. En 1551, hallándose enfermo, obtuvo licencia para ausentarse por cuatro años en su repartimiento de Larecaja, donde desapareció su rastro. En la ciudad de La Paz se le dedicó una plaza que lleva su nombre.

Bibliografía.: M. de Mendiburu, Diccionario Histórico biográfico del Perú, t. V, Lima, Imprenta de J. Francisco Solís, 1880 págs. 246-248; N. Aranzaes, Diccionario Biográfico Boliviano, La Paz, La Prensa, 1915, págs. 490-501; A. de Morales, La doble Fundación de Cochabamba, 1571-1574: Documentos inéditos y originales del Archivo Histórico Municipal, Cochabamba (Bolivia), Archivo Histórico Municipal, 1978; A. Crespo Rodas, Alonso de Mendoza, La Paz, Amigos del Libro, 1980.http://www.rah.es/alonso-de-mendoza/

“Las Monjas españolas que mantienen en Puerto Rico el rito de ondear la bandera española”

Por Máximo González -Palacios Franco
Desde hace más de 200 años conservan orgullosas la tradición .La bandera española sigue ondeando en Puerto Rico.


Las hermanas de las Siervas de María mantienen desde hace dos siglos la tradición de ondear, desde el prominente balcón del convento donde residen, la bandera española siempre que un barco de ese país entra en la bahía de San Juan de Puerto Rico.
La historia cuenta como un hombre de origen gallego recibió al marinero español en la orilla y le juró entregar la bandera a quien mejor pudiera custodiarla. Escogió a ocho mujeres, todas de origen español, que habían dejado su tierra para atender a pobres enfermos y desvalidos. Eran religiosas y pertenecía la compañía de las Siervas de María.

Hoy en día las religiosas conservan con orgullo y agrado la tradición.

Sor Maximina, Sor Luisa, Sor Virtudes, Sor Prudencia y Sor Dolores son las cinco siervas de María españolas del hospital de San Juan de Puerto Rico. Desde hace más de dos siglos conservan orgullosas la tradición de hacer ondear la bandera de España cada vez que un buque compatriota visita la isla caribeña.


Cuentan que las tripulaciones de los barcos españoles siempre responden a su gesto ondeando, a su vez, la enseña nacional, como continuación de una costumbre que, según cuentan, se remonta a poco después de 1898, cuando Puerto Rico dejó de ser colonia española tras perder la Guerra Hispanoamericana.
Las monjas de esta congregación de origen español son informadas por el Consulado de España en la isla de la llegada de los barcos de ese país, de los que conservan dedicatorias de sus capitanes como testimonio de una tradición que, a pesar de los años, se mantiene en este convento sanjuanero, vecino de “La Fortaleza”, la residencia de los gobernadores de Puerto Rico.
Las hermanas son conocidas, además de por mantener esta tradición, por continuar la labor de entrega a los más necesitados que la congregación madrileña de Siervas de María defiende hace más de un siglo.

Las 24 hermanas que residen en este convento, todas enfermeras tituladas, además de ayudar a los enfermos que no tienen dónde recuperarse, visitan casas particulares y hospitales para dar asistencia a personas que no pueden valerse por sí mismas y carecen de apoyo familiar.
LA HISTORIA DE LAS MONJAS Y LA BANDERA.


Hace algunos años, en el canal de entrada de San Juan de Puerto Rico, frente a los castillos del Morro y San Cristóbal, me llamó la atención una enorme bandera española que alguien ondeaba en un edificio blanco próximo a la embocadura.
“Son las monjas”, dijo quien me acompañaba, que era mi amigo y editor en Puerto Rico Miguel Tapia. “Y eso es que está entrando un barco español.” No hablamos más en ese momento, pues estábamos ocupados en otras cosas; pero lo de la bandera y las monjas me picó la curiosidad. Así que después procuré enterarme bien del asunto, que resultó ser una bella historia de lealtades y nostalgias. Algo que realmente comenzó hace más de un siglo, el 16 de julio de 1898.
Aquel fue el año del desastre. Trece días antes, la escuadra del almirante Cervera, que había salido a combatir sin esperanza en el combate más estúpido y heroico de nuestra historia, había sido aniquilada en Santiago de Cuba por el abrumador poder naval norteamericano.


Los buques de guerra yanquis bloqueaban la isla de Puerto Rico, impidiendo la llegada de refuerzos y suministros a las tropas cercadas. En esas circunstancias, el Antonio López, un moderno y rápido buque mercante que había salido de Cádiz con armas y pertrechos para la guarnición, recibió un telegrama con el texto: “Es Que Usted Haga Llegar Preciso El Cargamento Un Puerto Rico Aunque Sí Pierda El Barco”. Veterano, disciplinado, profesional, con los aparejos en su sitio, el capitán del Antonio López, que se llamaba don Ginés Carreras, intentó burlar el bloqueo estadounidense. No lo consiguió.


El 28 de junio, cuando navegando sin luces y pegado a la costa intentaba entrar en San Juan, fue localizado por el USS Yosemite, que lo cañoneó. El capitán Carreras logró escapar a medias, varando el barco en Ensenada Honda, cerca de la playa de Socorro, desde donde en los días siguientes intentó llevar a tierra cuanto podía salvarse del cargamento. Pero dos semanas más tarde, el USS New Orleans se acercó para dar el golpe de gracia, destrozándolo a cañonazos.
Fue entonces cuando se tejió la historia que les cuento. Bajo el bombardeo, un tripulante del Antonio López, que se había atado la bandera del barco a la cintura antes de echarse al agua para intentar ganar tierra a nado, llegó gravemente herido a la orilla. Nunca pudo averiguarse su nombre, pues murió en brazos de un puertorriqueño de los que acudieron a ayudar a los náufragos.
“Que no la agarren”, suplicó el marinero mientras moría, señalando la bandera. Y el puertorriqueño cumplió su palabra, quizá porque se llamaba Rocaforte y era de padres gallegos. Hombre supersticioso o religioso, y en cualquier caso hombre de bien, por no incumplir la demanda de un moribundo, la guardó en su casa durante años. Y al fin, un día, pensó en las monjas.


Eran españolas, de las Siervas de María, instaladas en la isla desde 1897. Atendían un hospital junto a la boca del puerto, y permanecieron allí después de la salida de España y la descarada apropiación de la isla por los Estados Unidos. Acabada la guerra, las hermanas, con la natural nostalgia, adoptaron la costumbre de saludar desde la galería del hospital, agitando sus pañuelos, cada vez que un barco de su lejana patria entraba o salía en el puerto.
Eso dio a Rocaforte la idea de confiarles la bandera. Se presentó en el hospital, contó la historia a la madre superiora, y le entregó la enseña. Y desde entonces, cuando entraba o salía de San Juan un barco español, las monjas hacían ondear en la galería, en vez de pañuelos, la vieja bandera del barco perdido.
Todavía lo hacen, un siglo después. De las veintisiete monjas que atienden hoy el hospital de las Siervas de María, ya sólo cinco son compatriotas nuestras. Pero cada vez que un barco español pasa frente al hospital, navegando lentamente por la canal de boyas, su capitán cumple el viejo ritual de dar tres toques de sirena y hacer ondear la bandera en respuesta al saludo de las monjas, que desde la galería agitan la suya.

De haberlo sabido, aquel anónimo marinero del Antonio López que hace ciento doce años se arrojó al mar, intentando ganar la playa bajo el fuego norteamericano con la enseña de su barco atada a la cintura, estaría satisfecho.
Me pregunto si quienes salieron a la calle tras el último partido del Mundial de Fútbol, llenándolo todo de colores rojo y amarillo, serían conscientes de que se trataba de la misma memoria y la misma bandera. Y de que, al ondearla con júbilo en calles y balcones, rendían también homenaje a tanta ingenua y pobre gente que, manipulada, engañada, manejada por los de siempre, ordenaron los que diseñan banderas pero nunca mueren defendiéndolas–, cumplió honradamente con lo que creía eran su deber y su vergüenza torera. Y esto incluye a las monjas de San Juan.

Fuente:

-elimparcial/Francisco alemán.

SEBASTIÁN DE ESLAVA Y LAZAGA

​por Máximo González- Palacios Franco 

Virrey de Nueva Granada, Ministro de la Guerra, Gentilhombre de Cámara de S.M, Caballero de Santiago y de Calatrava, Señor de Eguillor y Marqués de la Real Defensa a título póstumo. Gentilhombre de Cámara y Director general de Artillería e Infantería española.

    Retrato de Sebastián Eslava. 

    En 1749, por reales cédulas de 30 de marzo y 22 de abril se aprueba su petición de relevo y se le nombra capitán general de las costas del mar océano en Andalucía. El 23 de febrero de 1750 embarca hacia España en el navío América. Una vez que regresó a España, el Rey Fernando VI le concedió la llave de Gentilhombre de Cámara y director general de Artillería española. Al morir el Conde de Siruela, el 28 de julio de 1750 el Rey Fernando VI le responsabiliza de la Dirección general de Infantería. 

    Ministro de la guerra.

    El 26 de agosto de 1754 fue nombrado ministro de la Guerra (secretario de Estado y de Despacho Universal de la Guerra), cargo que desempeñó hasta su muerte. Don Sebastián de Eslava falleció en Madrid el 21 de junio de 1759. Ese mismo año llega al trono de España Carlos III. A título póstumo, el 18 de marzo de 1760 el nuevo monarca crea el Marquesado de la Real Defensa, en reconocimiento a la labor desempeñada por Sebastián de Eslava en la defensa de Cartagena de Indias. El Rey otorgó el título a don Gaspar de Eslava y Monzón, sobrino carnal del virrey de NuevaGranada, ya que este murió soltero sin dejar sucesión. 

    Casa Principal del Mayorazgo del Marqués de la Real Defensa.

    Conocido como palacio de los condes de Guendulain, se trata en realidad de la Casa principal del mayorazgo del marqués de la Real Defensa. Se localiza en Pamplona en el fl anco sur de la plaza del Consejo y su construcción y origen se encuentra ligado a la familia Eslava de Enériz, (nobles que costearon en 1763-1765 parte de la iglesia de la Magdalena de Enériz (merindad de Pamplona)

    Constituye un gran bloque horizontal en el que se suceden un alto basamento de piedra que incluye la puerta y entreplanta más dos cuerpos con el paramento enfoscado con imitación de sillar en los que se abren balcones con marcos moldurados con orejetas y un pronunciado alero de madera como remate. La fachada tiene amplias proporciones ofreciendo sobriedad, rota únicamente por la serie de ménsulas con rocalla que soportan los balcones del piso noble, las molduras de los vanos y el blasón del Virrey Eslava, que corona la puerta recta de acceso.

    Son bien conocidos el carruaje que se conserva en el zaguán y la silla de mano de la escalera. De autoría desconocida, el carruaje, de estilo rococó de la segunda mitad del siglo XVIII, es de tipo berlina, en el que la caja va suspendida a través de los correones de dos varas rectas que actúan como sistema de unión entre los ejes (en vez de la viga única propia de las carrozas). La caja está colocada sobre las correas de cuero que van desde el travesero de suspensión delantero al travesero de crics trasero, sujetándose en este punto con la ayuda de las cabrias con engranajes.Toda la estructura del carruaje es de madera y hierro, empleándose correas de cuero para las sujeciones.Presenta un tiro doble, constituido por cuatro caballos,agrupados dos a dos y separados por una viga central.No tiene pescante, constituyendo un carruaje a la postillona. Presenta dos gruesas ruedas delanteras y dos grandes ruedas traseras.En él campea el blasón del marqués de la Real Defensa.

    Contexto familiar.

    Nació en 1685 en la localidad navarra de Enériz.Fue bautizado el 19 de enero de ese año en la parroquia Santa María Magdalena de la misma población, situada a 22 kilómetros de Pamplona.Su vocación militar y sus dotes de mando acaso le llegasen por genética, pues su padre, Gaspar de Eslava y Berrio, natural de Pamplona, llegó a sargento mayor y ocupó cargos de responsabilidad como gobernador de Amalfi y de Casale en los reinos de Nápoles y Sicilia.Don Gaspar contrajo matrimonio con una noble italiana, Julia Albertino, la cual murió sin tener hijos.Don Gaspar, entonces, decidido a retirarse de la vida militar, contrajo segundas nupcias con Rafaela de Lasaga Eguiarreta y Paradis, también natural de Pamplona el 25 de abril de 1677. Doña Rafaela era propietaria de un mayorazgo fundado gracias a las ganancias conseguidas en las Indias y en Madrid por su hermano José Ambrosio.Afincados en Enériz, de este matrimonio entre don Gaspar y doña Rafaela nacieron cinco hijos:Agustín (el primogénito) fue fraile dominico en Pamplona y Medina de Rioseco; José Fermín (el segundo) fue jesuita; el tercero fue el propio Sebastián; Francisco Martín (cuarto) heredó el mayorazgo; Rafael (el quinto) fue presidente, gobernador y capitán general de Nueva Granada,entre 1733 y 1737. 

    Vocación militar.

    La vocación militar de Sebastián se demostró temprana, pues en 1702, con tan solo 17 años, ya era alférez del Tercio de Navarra. En ese puesto, participó como abanderado del primer batallón del regimiento de guardias españolas durante la Guerra de Sucesión española (1701-1713), en favor de la causa de Felipe V y contra la defendida por el archiduque Carlos de Austria. 

    Participación en la Guerra de Sucesión.

    Poco a poco fue adquiriendo experiencia en el campo de batalla pues durante la Guerra de Sucesión participó en diversos lances, como los de Salvatierra, Segura, Bosmarinhos, Casteldavide, Montalbán o Marsan. También se vio involucrado en la infructuosa lucha por la recuperación de Gibraltar, a las órdenes del marqués de Aytona, entre octubre de 1704 y abril de 1705.Su movilidad a lo largo de la Guerra de Sucesión fue impresionante, pues al año siguiente, 1706, se le pudo ver en el sitio de Barcelona, pero también participó a posteriori en las campañas de Extremadura y Portugal y en la batalla de Almansa. Los dos hermanos Eslava militares (Rafael y Sebastián) coincidieron en las batallas de Almenara (27 de julio de 1709) y de Zaragoza (20 de agosto de 1710); y en las victorias de Brihuega y Villaviciosa (7 al 10 de diciembre de 1710).Sebastián volvió a Barcelona en 1714, ya como primer ayudante de guardias, para participar en el sitio de Barcelona, y vivió el 11 de septiembre de 1714, que culminó con la derrota de los partidarios del archiduque Carlos. 

    Conquista de Sicilia como capitán.

    Su carrera militar prosigue, pues el 18 de septiembre de 1715 es ascendido a capitán.En tal grado del escalafón castrense participa en la conquista de Sicilia, organizada por el cardenal italiano Julio Alberoni (consejero de Felipe V), en el verano de 1718. Al mando del regimiento Asturias se encontraba Sebastián de Eslava,al que se le encarga la rendición de Mesina, cosa que consigue el 30 de septiembre de 1718.Por su distinguido comportamiento fue agraciado con la Encomienda de Fuente el Emperador,de la Orden de Calatrava, previa dispensa de Su Santidad, pues era Caballero de la de Santiago desde 1716. 

    Liberación de Ceuta y reconquista de Orán.

    El ministro universal de Felipe V, José Patiño,concentra en Cádiz las tropas reembarcadas de Sicilia y Cerdeña para liberar Ceuta, cercada por los marroquíes.En la victoria sobre los marroquíes participó el ya coronel Sebastián de Eslava.Y años después, en 1732, es ascendido a brigadier en la reconquista de Orán.Eslava alcanza en 1739 el grado de mariscal de campo y teniente general.

    Virrey de Nueva Granada.

    Por Real Cédula de 20 de agosto de 1739, el Rey Felipe V restaura el Virreinato de Nueva Granada, que deja a cargo del teniente general don Sebastián de Eslava,caballero de la Orden de Santiago,y teniente de ayo del infante don Felipe, mi muy caro y amado hijo,con los cargos de virrey, gobernador y capitán general y el de presidente de su Real Audiencia de Santa Fe.Eslava partió de Cádiz hacia América en las 9 primeras fechas de 1740 y llegó a Cartagena de Indias el 21 de abril de ese mismo año.Hasta 1749 permanecerá como virrey de Nueva Granada, ciudad en la que establece su residencia oficial.

    En 1740 Eslava fue elegido entre cuatro mariscales de campo para ser ascendido a teniente general del real ejército, así como ser nombrado virrey de Nueva Granada y presidente de la Audiencia de Santa Fe de Bogotá. Embarcó en el navío “San Luis” que junto al “San Carlos” le llevó a él y a 600 infantes de marina de refuerzo atravesando el Atlántico y el Caribe, esquivando a la flota británica, llegando al castillo de San Luis de Bocachica el 21 de abril de 1740 y desembarcando en Cartagena de Indias el 24 de abril. 

    Durante el tiempo de su mando,reforzó las defensa militares de Cartagena de Indias; organizó las milicias, realizó infinidad de mejoras y obras públicas en su capital y otros pueblos, y en esos nueve años de mando su administración duplicó la riqueza pública al mismo tiempo que se dedicaba a perseguir el contrabando.Para ello, aumentó el número de jueces, obligó a los exportadores a depositar en la aduana los fardos hasta su embarque hasta entonces, una vez pesados,los guardaban en sus casas donde hacían los trueques,aumentó la vigilancia por medio de soldados en los caminos para dificultar el comercio ilegal y ordenó el registro de todo tipo de baúles, petacas, y embarcaciones.Otra de las ocupaciones durante su mandato fue la promoción y el desarrollo de los indios, siguiendo las ordenes del Rey Felipe V.Eslava puso especial cuidado en reunir en poblados a los indios dispersos y primitivos con el fin de inculcarles la cultura y la religión cristiana.

     Victoria en la Batalla de Cartagena de Indias.

    Pero la acción más importante del virrey, junto al teniente general de la Real Armada Blas de Lezo y Olavarrieta (verdadero artífice y héroe de la victoria) fue la defensa de la ciudad de Cartagena de Indias, sitiada y asediada por los ingleses entre el 13 de marzo y el 20 de mayo de 1741, con una desproporción de barcos y hombres abismal: 23.000 atacantes ingleses frente a unos 3.000 defensores españoles (186 barcos frente a 6).Para ello, Blas de Lezo y Sebastián Eslava establecieron un plan de defensa (pese a las grandes desaveniencias entre ambos) Lo cierto es que en esa nueva etapa,Blas de Lezo no tuvo unas relaciones muy cordiales con el virrey de Nueva Granada,Sebastián de Eslava, que había llegado tres años después Cartagena de Indias por orden del gobierno; orden que, si bien se había cursado en 1.737, no se había incorporado a su puesto hasta Marzo de 1740. Los correligionarios de Eslava también habían sido contagiados de cierta animadversión hacia el almirante Blas de Lezo; enemistad que podría deberse al carácter más político del virrey, y a su deseo de conseguir un puesto notorio en el gobierno de la metrópoli, junto a la certeza que tenía del aprecio que el gobierno de España profesaba a Blas de Lezo y la confianza en él depositadas para la defensa de la plaza y, a su vez, la lealtad personal que D. Blas de Lezo dispensaba al rey, a la sazón Felipe V. Según todos los datos,no parecía gustarle al virrey que alguien pudiera hacerle sombra,sustrayéndole protagonismo por lo que tenían diferentes opiniones acerca de cómo organizar la defensa militar, que se hacía necesaria ante el inminente ataque. Una vez se reunieron Blas de Lezo y el virrey Eslava, para plantear la estrategia de defensa, se escenificó el desencuentro del que antes hablamos: Lezo, como astuto militar, propuso una táctica defensiva que consistía, a grandes rasgos,en concentrar la resistencia en el fuerte de San Luis de Bocachica y en La Boquilla, en primera instancia, y seguidamente una segunda línea tras el Caño del Ahorcado, con trincheras y parapetos, para evitar la toma por los ingleses del castillo de San Felipe, porque al estar en promontorio, si este baluarte era tomado, desde allí sería sumamente fácil para el enemigo hacerse con Cartagena. El virrey, más confiado en que recibiría el auxilio de los efectivos del almirante Torres, al que ya previamente había enviado una carta, pensaba que los ingleses, desembarcarían todo el grueso de sus tropas por La Boquilla, y que serían acorralados desde tierra y mar una vez obtuviera el auxilio de Torres, aunque fuera cuestión de tiempo, pero podrían resistir en cambio, Lezo confiaba más en los recursos de que disponía porque dudaba del auxilio exterior estando el enemigo en las puertas. Finalmente, prevaleció la estrategia del virrey, de mayor rango y superior de Blas de Lezo. Los mandos que seguían en jerarquía, eran el mariscal de campo Melchor de Navarrete, gobernador de la ciudad, y el coronel Carlos Desnaux, ingeniero militar y director de obras de fortificación. Hay que decir que Desnaux, era un fiel correligionario del virrey, y para él, antes que el criterio militar, contaba el deseo de mantener buenas relaciones con el máximo responsable de la plaza.

    Blas de Lezo diseñó los planes de defensa consistentes en asegurar los aprovisionamientos de la ciudad preparándola para soportar un largo asedio; así como basarse en la movilidad de sus escasas fuerzas, que fue utilizando conforme las circunstancias de la batalla lo requerían, además de su mejor conocimiento del terreno y la adaptación al medio.Sabía que si se alargaba la oposición, la insalubridad ambiental causaría estragos en las tropas británicas.

    El almirante Lezo, a pesar de la opinión contraria del virrey Eslava, había mandado construir parapetos en la parte más angosta del Caño del Ahorcado, reforzando las defensas del fuerte el Manzanillo,colocando empalizadas en La Popa, con terraplén y foso.

    Tan grandes eran las discrepancias entre Eslava y Lezo, que este último se hizo relevar del mando para no deshonra su carácter en vista de qué Eslava no le facilitaba sus planes de defensa.Eslava ordenó relevar del mando a Lezo y entrar en Cartagena.

    Los ingleses querían consolidar el desembarco, pero eran hostigados por piquetes de soldados españoles que se lo impedían, con lo que no podían acercar más las piezas de artillería. Blas de Lezo, que veía claramente el error en que se estaba incurriendo por parte de la defensa española, volvió a insistir a Eslava sobre la necesidad de reorganizar las fuerzas y reemprender un ataque para desalojar totalmente al enemigo de la zona ocupada, pero el virrey, quizá por falta de humildad, nuevamente desaprovechabala experiencia y el olfato de Lezo; no era partidario, como Lezo le proponía, de luchar a campo traviesa y prefería parapetarse.La delicada situación de las fuerzas españolas, y sobre todo, el nerviosismo entre los oficiales y las sugerencias al virrey,aconsejándole la necesidad de contar con Blas de Lezo,finalmente hicieron tomar a Eslava la dura decisión, para él, de llamar de nuevo al almirante, haciéndose cargo y llevando a partir de entonces la iniciativa de los pasos a seguir, aunque se había perdido un tiempo precioso.

    No está en el ánimo del autor describir toda la batalla de Cartagena de Indias, tan sólo notas puntuales de dicha batalla ganada finalmente por los españoles, que le aseguraron el dominio español 60 años más en los Virreinatos americanos de España. La gran armada de Gran Bretaña sufrió la mayor derrota naval de su historia y que había quedado prácticamente desmantelada, los británicos callaron su derrota y su Rey prohibió escribir cualquier parte o crónica oficial de su vergonzosa derrota.

    Cuando los británicos huyeron, Cartagena de Indias quedo arrasada, Don Blas de Lezo y el virrey Eslava, enviaron al capitán D. Blas de Barreda Campuzano a dar la noticia del triunfo a España.

    Los supervivientes estaban ocupados en reconstruir sus casas, y protegerse de la peste  que se apoderó de la ciudad. Tras respetar la cuarentena, comenzaron a  entrar carromatos y transportes con suministros de nuevo en la Plaza.

    Sebastián de Eslava, volvió a la carga en su enfrentamiento con Blas de Lezo; a pesar del  esfuerzo de éste  y de la victoria conseguida, encargó al coronel Desnaux hacer un diario de guerra, convenientemente amañado,  para narrar los acontecimientos a su modo. Parece ser que el virrey, temía que el diario del almirante Blas de Lezo, pudiera comprometer sus aspiraciones políticas. Incluso, el propio Eslava, escribió otro diario, que naturalmente, coincidía en todo con el de Desnaux. Acto seguido, propagó la idea de que Blas de Lezo, no se encontraba en sus cabales, y continuó haciendo una campaña de desprestigio contra el almirante.

    Enterado Blas de Lezo de todas esas maniobras, cayó en un enorme abatimiento moral, que según los allegados y las cartas escritas por el propio Lezo, le fueron mermando la salud, ya resentida de por sí,  pues había contraído la enfermedad durante el asedio; envió cartas a sus amigos de Madrid, para salvar su reputación. Parece ser que intuía su final, e  intentó la obtención un título honorífico que les diera tranquilidad a su mujer e hijos, por los más de 40 años al servicio de la Marina. Se vio obligado a enviar su diario por un conducto diferente al reglamentario,  burlando las órdenes del virrey, junto con una carta al rey de España.

    La llegada de la noticia a España, fue muy bien recibida por Felipe V. El virrey Eslava fué ascendido a Capitan General de los Reales Ejércitos, y se le concedió el título de Marqués de la Real Defensa de Cartagena de  Indias. El coronel Desnaux, fue ascendido a General de Brigada, y a todos los soldados de todas las compañías, se les condecoró. Finalmente, Eslava, consiguió que se materializara la orden de castigo a Blas de Lezo, por la insubordinación contra él. Afortunadamente,  dicha orden no llegó a su conocimiento, porque el  día 7 de Septiembre de 1.741, debido a las enfermedades contraídas durante la defensa,  Blas de Lezo y Olavarrieta, murió.

    Retrato de Blas de Lezo. 

    El 21 de Octubre de 1.741, se emitió una real orden, por la cual se destituía a Don Blas de Lezo de su puesto de comandante y se le ordenaba regresar a España para ser sometido a juicio.Años más tarde, su nombre fue rehabilitado, y se le concedía el marquesado de Ovieco, que sus descendientes disfrutaron.

    Estatua de Blas de Lezo en Cartagena de Indias. 

    En cuanto a Sebastián Eslava prosiguió su mandato algún tiempo. Atravesó algunas dificultades como consecuencia de la confiscación de alimentos y afrontó un intento de motín de la guarnición del Puerto por la demora en las pagas.Eslava mando abonarlas y todo volvió a la normalidad. En 1743 fue nombrado virrey del Perú (véase Virreinato del Perú), pero se excusó de aceptarlo a causa de su edad avanzada. 

    El mismo año surgieron varios terremotos en Nueva Granada que le obligaron a enviar socorros a las zonas afectadas. En agosto de 1746 llegó a Cartagena la noticia de la muerte del Rey Felipe V tres años después la del cese de hostilidades con Gran Bretaña. Poco después (1749) se le anunció el envío de sucesor en el cargo, el nuevo virrey José Alfonso Pizarro.

    Sebastián Eslava embarcó hacia España el 23 de febrero de 1750. Llegó a Cádiz y se estableció en Madrid, donde fue nombrado director general de Infantería, en lugar de Lucas Espínola. Luego fue secretario del Despacho Universal de Guerra (1754), cargo que desempeñó hasta su muerte, ocurrida el 21 de junio de 1759. Al año siguiente el Rey Carlos III le honró con el título de marqués de la Real Defensa, que recayó en su sobrino Gaspar de Eslava y Monzón.






    Fuentes : 

    -fundacionmencos.org

    -microbiografias.com

    -museonavaldecartagena.blog

      PLAZA MAYOR DE MADRID. IV SIGLOS DE HISTORIA. 

      Este año se cumplen 4 siglos de la construcción de la Plaza Mayor de Madrid. 1617-2017

      Por Máximo González- Palacios Franco. 

      Esta plaza porticada es el corazón del Madrid de los Austrias, el casco viejo de la ciudad y uno de los barrios con más encanto.

      Antes de que Madrid fuese una capital de grandes avenidas y bulevares, su mapa lo conformaban pequeñas calles y pasadizos, que hoy nos trasladan a tiempos de espadachines y pícaros.

      Los orígenes de la plaza se remontan al siglo XVI, cuando en la confluencia de los caminos (hoy en día calles) de Toledo y Atocha, a las afueras de la villa medieval.La Plaza Mayor nace de  la explanada que deja atrás la Laguna de Luján al desecarse, denominandose plaza del Arrabal. 

      La Plaza Mayor empezó a cimentarse sobre el solar de la antigua Plaza del Arrabal, donde se encontraba el mercado más popular de la villa a finales del siglo XV, cuando se trasladó la corte de Felipe II a Madrid. En 1617 se encarga al arquitecto Juan Gómez de Mora establecer uniformidad a los edificios de este lugar, que durante siglos ha acogido festejos populares, corridas de toros, beatificaciones, coronaciones y también algún auto de fe.

      La plaza Mayor ha sufrido tres grandes incendios en su historia, el primero de ellos en 1631, encargándose el mismo Juan Gómez de Mora de las obras de reconstrucción. El segundo de los incendios ocurrió en 1670 siendo el arquitecto Tomás Román el encargado de la reconstrucción. El último de los incendios, que arrasó un tercio de la plaza, tuvo lugar en 1790, dirigiendo las labores de extinción Sabatini. Se encargó la reconstrucción a Juan de Villanueva, que rebajó la altura del caserío que rodea la plaza de cinco a tres plantas y cerró las esquinas habilitando grandes arcadas para su acceso. Las obras de reconstrucción se prolongarían hasta 1854, continuándolas, tras la muerte de Villanueva, sus discípulos Antonio López Aguado y Custodio Moreno.

      La Casa de la Panadería.

      La Casa de la Panadería fue construida por Diego Sillero alrededor de 1590, pero de este edificio sólo se conserva el sótano y la planta baja. No obstante es el modelo que copian el resto de edificios de la plaza. Entre las numerosas funciones que ha tenido destacan el de Tahona Principal de la Villa, que fijaba el precio del pan para que los más necesitados pudieran adquirirlo, aposentos reales, Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y Academia de la Historia. En la actualidad es la sede del Centro de Turismo de Madrid. La decoración que podemos contemplar en la fachada no ha sido igual a lo largo de los años, debido a las reformas y rehabilitaciones. Las pinturas murales que cubren hoy el edificio son obra de Carlos Franco, en la que se distinguen figuras mitológicas relacionadas con la historia de Madrid como la diosa Cibeles.

      El Arco de Cuchilleros.


      La reconstrucción llevada a cabo por el arquitecto Juan de Villanueva, quien redujo en dos alturas las fachadas, cerró la plaza en sus esquinas y levantó nueve arcos de acceso. Dada su monumentalidad, el más conocido de todos es el de Cuchilleros, cuya escalinata salva un acusado desnivel. Los pintorescos edificios de esta calle llaman la atención por su elevada altura e inclinación de las fachadas, a modo de contrafuertes. Su nombre se debe a que aquí se ubicaban los talleres de cuchilleros que proveían de instrumental a los carniceros de la Plaza Mayor, donde se encuentra la Casa de la Carnicería, que fue el depósito general de carnes.

      La estatua de Felipe III.

      Esta escultura ecuestre es una de las obras de arte de mayor valor ubicada en las calles de Madrid. Diseñada por Giambologna y terminada por Pietro Tacca en 1616, durante siglos custodió el acceso a la Casa de Campo, pero la reina Isabel II se la prestó en 1848 a la ciudad, que decidió colocarla en la Plaza Mayor. Sólo durante las dos repúblicas la escultura ha vuelto a emigrar de esta plaza, tal vez la más emblemática de Madrid.



      Referencias:

      -esmadrid.com

      -crónicamatritense.

      CATALINA DE ARAGÓN 

      ​El 7 de enero de 1536, fallecia Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos y Reina consorte de Inglaterra.

      Catalina de Aragón, (Alcalá de Henares, Corona de Castilla, 16 de diciembre de 1485-castillo de Kimbolton, Inglaterra, 7 de enero de 1536) fue Reina de Inglaterra desde 1509 hasta 1533 como la primera esposa del Rey Enrique VIII y madre de María I de Inglaterra; anteriormente fue Princesa de Gales como esposa de Arturo, Príncipe de Gales.

      Hija de la reina Isabel I de Castilla y del rey Fernando II de Aragón, Catalina tenía tres años cuando fue prometida en matrimonio al príncipe Arturo, heredero del trono inglés. El matrimonio se llevó a cabo en 1501, sin embargo, Arturo falleció cinco meses después. En 1507, actuó como embajadora para la Corte Española en Inglaterra, convirtiéndose en la primera mujer embajadora de la historia europea.1 En 1509 Catalina contrajo matrimonio con Enrique VIII, hermano menor de Arturo, quien había sucedido al trono recientemente. Durante seis meses en 1513, sirvió como regente de Inglaterra mientras Enrique VIII estaba en Francia y fue durante esta regencia que los ingleses resultaron victoriosos en la batalla de Flodden Field contra los escoceses, un acontecimiento en el cual Catalina desempeñó un papel importante.

      Al regresar de Dover de una reunión con Francisco I de Francia en Calais, Enrique se casó con Ana Bolena en una ceremonia secreta. Algunas fuentes especulan que Ana ya estaba embarazada (y Enrique no quería correr el riesgo de que el niño naciera ilegítimo), pero otras testifican que Ana (observando que su hermana María Bolena había sido amante del Rey y que luego éste la dejó de lado), se negó a acostarse con Enrique hasta que se casaran. Enrique defendió la legalidad de la unión señalando que Catalina había estado casada anteriormente. Si se había consumado el matrimonio entre ella y Arturo, derecho canónico indicaba que Enrique estaba en su derecho de volverse a casar. El 23 de mayo de 1533, Thomas Cranmer actuó como juez en una corte especial convocada en el Priorato de Dunstable para dictaminar la validez del matrimonio de Enrique con Catalina. Cranmer declaró el matrimonio ilegal, pese a la testificación de Catalina que ella y Arturo nunca habían tenido relaciones sexuales. Cranmer luego dictaminó el matrimonio de Enrique con Ana Bolena como válido cinco días más tarde, el 28 de mayo de 1533.

      Hasta su muerte, Catalina seguiría refiriéndose a sí misma como la esposa legítima de Enrique y la única verdadera Reina de Inglaterra, y sus criados continuaron a usar ese título cuando se dirigían a ella. Enrique le privó el derecho a cualquier título salvo el de “Princesa Viuda de Gales” en reconocimiento de su estatus como la viuda de su hermano.

      Catalina se instaló en el castillo del More en el invierno de 1531/32. En 1535 fue trasladada al castillo de Kimbolton. Allí, se confinó a un solo cuarto, (del cual salía solamente para asistir a Misa), no llevaba puesto más que el cilicio del Órden de San Francisco y ayunaba continuamente. Se le permitían visitas ocasionales, pero le estaba prohibido ver a su hija María. También tenían prohibido comunicarse de forma escrita, pero sus partidarios llevaban discretamente las cartas de una a la otra. Enrique les ofreció mejor alojamiento y permiso para verse si reconocían a Ana Bolena como la nueva Reina. Ambas se negaron.

      A fines de octubre de 1535, sintiendo que se acercaba el fin, Catalina hizo su testamento y le escribió a su sobrino, Carlos V, pidiéndole que protegiera a su hija. En diciembre, María de Salinas, amiga de Catalina que había viajado con ella a Inglaterra cuando se casó, se enteró que Catalina estaba muy enferma y se dispuso a verla. María llegó a Kimbolton y prácticamente irrumpió en el castillo, inventando la excusa de que la carta dando licencia para su entrada estaba en camino y suplicando a los guardias que no echaran fuera a una mujer en una noche fría de invierno. Salinas encontró que Catalina estaba muy enferma. Acababa de cumplir 50 años. Apenas podía acomodarse en la cama, mucho menos ponerse de pie. Había sido incapaz de comer, o retener la comida durante varios días y un dolor de estómago había impedido que durmiera más de dos horas en total durante las seis noches anteriores.

      Las visitas y el cariño de María de Salinas le levantaron la moral e hicieron que mejorara su salud. Catalina empezó a comer y a retener la comida. Su salud continuó mejorando durante los días siguientes. El 6 de enero se acomodó en la cama, se arregló el pelo y se vistió la cabeza. No obstante, Catalina estaba preocupada de que no duraría hasta la luz del día y esperó hasta el amanecer para que su confesor, Jorge de Athequa, le diera la comunión. A continuación, Catalina se dedicó a rezar, murmurando oraciones hasta que finalmente falleció poco antes de las dos de la tarde, el 7 de enero de 1536. El día siguiente, la noticia de su muerte le llegó al Rey. En aquel entonces circulaban rumores de que había sido envenenada, posiblemente por Gregory di Casale. Según el cronista Edward Hall, Ana Bolena se vistió de amarillo por el luto, siendo esto interpretado de varias maneras; Polidoro Virgilio lo interpretó como que Ana no estaba de duelo. Chapuys documentó que era de hecho Enrique el que se vistió de amarillo, celebrando la noticia y mostrando a su hija tenida con Ana, Isabel, con orgullo a los cortesanos. Esto lo vieron muchos como desagradable y vulgar. Otra teoría es que el vestir de amarillo se hizo por respeto a la Reina/Princesa Viuda difunta, pues se decía que el amarillo era el color de luto en España. Desde luego, se reportó que más tarde, tanto Enrique como Ana lloraron individualmente por su muerte y en privado.

      Tumba de Catalina de Aragón en el interior de la catedral, con la leyenda “Catalina Reina de Inglaterra”.

      El día del funeral de Catalina, Ana Bolena sufrió un aborto de un hijo varón. Entonces empezaron a aparecer rumores que Catalina había sido envenenada por Enrique o Ana, o incluso por ambos, dado que Ana había amenazado con asesinar a Catalina y a María en varias ocasiones. Los rumores se produjeron tras el presunto descubrimiento de una neoplasia negra en el corazón durante la embalsamación del cuerpo, posiblemente causada por el envenenamiento. El embalsamador encargado de preparar el cadáver de Catalina “encontró todos los órganos internos sanos y normales, con excepción del corazón, siendo muy negro y espantoso a la vista.” El embalsamador, en realidad un abacero cuya especialidad era la cera, partió el corazón por la mitad y lo lavó varias veces, pero permaneció tercamente negro. Los expertos médicos coinciden en que la decoloración del corazón no se debió a la intoxicación, sino probablemente a un cáncer, cosa que en esa época se desconocía.

      Catalina fue sepultada en la Catedral de Peterborough con la ceremonia debida a una Princesa de Gales viuda, no la correspondiente a una reina. Enrique no asistió al funeral y también prohibió que asistiera María. Todos los 29 de enero, aniversario de su entierro, tienen lugar unos actos conmemorativos en la Catedral., Corona de Castilla, 16 de diciembre de 1485-castillo de Kimbolton, Inglaterra, 7 de enero de 1536) fue Reina de Inglaterra desde 1509 hasta 1533 como la primera esposa del Rey Enrique VIII y madre de María I de Inglaterra; anteriormente fue Princesa de Gales como esposa de Arturo, Príncipe de Gales.

      Hija de la reina Isabel I de Castilla y del rey Fernando II de Aragón, Catalina tenía tres años cuando fue prometida en matrimonio al príncipe Arturo, heredero del trono inglés. El matrimonio se llevó a cabo en 1501, sin embargo, Arturo falleció cinco meses después. En 1507, actuó como embajadora para la Corte Española en Inglaterra, convirtiéndose en la primera mujer embajadora de la historia europea.1 En 1509 Catalina contrajo matrimonio con Enrique VIII, hermano menor de Arturo, quien había sucedido al trono recientemente. Durante seis meses en 1513, sirvió como regente de Inglaterra mientras Enrique VIII estaba en Francia y fue durante esta regencia que los ingleses resultaron victoriosos en la batalla de Flodden Field contra los escoceses, un acontecimiento en el cual Catalina desempeñó un papel importante.

      Al regresar de Dover de una reunión con Francisco I de Francia en Calais, Enrique se casó con Ana Bolena en una ceremonia secreta. Algunas fuentes especulan que Ana ya estaba embarazada (y Enrique no quería correr el riesgo de que el niño naciera ilegítimo), pero otras testifican que Ana (observando que su hermana María Bolena había sido amante del Rey y que luego éste la dejó de lado), se negó a acostarse con Enrique hasta que se casaran. Enrique defendió la legalidad de la unión señalando que Catalina había estado casada anteriormente. Si se había consumado el matrimonio entre ella y Arturo, derecho canónico indicaba que Enrique estaba en su derecho de volverse a casar. El 23 de mayo de 1533, Thomas Cranmer actuó como juez en una corte especial convocada en el Priorato de Dunstable para dictaminar la validez del matrimonio de Enrique con Catalina. Cranmer declaró el matrimonio ilegal, pese a la testificación de Catalina que ella y Arturo nunca habían tenido relaciones sexuales. Cranmer luego dictaminó el matrimonio de Enrique con Ana Bolena como válido cinco días más tarde, el 28 de mayo de 1533.

      Hasta su muerte, Catalina seguiría refiriéndose a sí misma como la esposa legítima de Enrique y la única verdadera Reina de Inglaterra, y sus criados continuaron a usar ese título cuando se dirigían a ella. Enrique le privó el derecho a cualquier título salvo el de “Princesa Viuda de Gales” en reconocimiento de su estatus como la viuda de su hermano.

      Catalina se instaló en el castillo del More en el invierno de 1531/32. En 1535 fue trasladada al castillo de Kimbolton. Allí, se confinó a un solo cuarto, (del cual salía solamente para asistir a Misa), no llevaba puesto más que el cilicio del Órden de San Francisco y ayunaba continuamente. Se le permitían visitas ocasionales, pero le estaba prohibido ver a su hija María. También tenían prohibido comunicarse de forma escrita, pero sus partidarios llevaban discretamente las cartas de una a la otra. Enrique les ofreció mejor alojamiento y permiso para verse si reconocían a Ana Bolena como la nueva Reina. Ambas se negaron.

      A fines de octubre de 1535, sintiendo que se acercaba el fin, Catalina hizo su testamento y le escribió a su sobrino, Carlos V, pidiéndole que protegiera a su hija. En diciembre, María de Salinas, amiga de Catalina que había viajado con ella a Inglaterra cuando se casó, se enteró que Catalina estaba muy enferma y se dispuso a verla. María llegó a Kimbolton y prácticamente irrumpió en el castillo, inventando la excusa de que la carta dando licencia para su entrada estaba en camino y suplicando a los guardias que no echaran fuera a una mujer en una noche fría de invierno. Salinas encontró que Catalina estaba muy enferma. Acababa de cumplir 50 años. Apenas podía acomodarse en la cama, mucho menos ponerse de pie. Había sido incapaz de comer, o retener la comida durante varios días y un dolor de estómago había impedido que durmiera más de dos horas en total durante las seis noches anteriores.

      Las visitas y el cariño de María de Salinas le levantaron la moral e hicieron que mejorara su salud. Catalina empezó a comer y a retener la comida. Su salud continuó mejorando durante los días siguientes. El 6 de enero se acomodó en la cama, se arregló el pelo y se vistió la cabeza. No obstante, Catalina estaba preocupada de que no duraría hasta la luz del día y esperó hasta el amanecer para que su confesor, Jorge de Athequa, le diera la comunión. A continuación, Catalina se dedicó a rezar, murmurando oraciones hasta que finalmente falleció poco antes de las dos de la tarde, el 7 de enero de 1536. El día siguiente, la noticia de su muerte le llegó al Rey. En aquel entonces circulaban rumores de que había sido envenenada, posiblemente por Gregory di Casale. Según el cronista Edward Hall, Ana Bolena se vistió de amarillo por el luto, siendo esto interpretado de varias maneras; Polidoro Virgilio lo interpretó como que Ana no estaba de duelo. Chapuys documentó que era de hecho Enrique el que se vistió de amarillo, celebrando la noticia y mostrando a su hija tenida con Ana, Isabel, con orgullo a los cortesanos. Esto lo vieron muchos como desagradable y vulgar. Otra teoría es que el vestir de amarillo se hizo por respeto a la Reina/Princesa Viuda difunta, pues se decía que el amarillo era el color de luto en España. Desde luego, se reportó que más tarde, tanto Enrique como Ana lloraron individualmente por su muerte y en privado.

      El día del funeral de Catalina, Ana Bolena sufrió un aborto de un hijo varón. Entonces empezaron a aparecer rumores que Catalina había sido envenenada por Enrique o Ana, o incluso por ambos, dado que Ana había amenazado con asesinar a Catalina y a María en varias ocasiones. Los rumores se produjeron tras el presunto descubrimiento de una neoplasia negra en el corazón durante la embalsamación del cuerpo, posiblemente causada por el envenenamiento. El embalsamador encargado de preparar el cadáver de Catalina “encontró todos los órganos internos sanos y normales, con excepción del corazón, siendo muy negro y espantoso a la vista.” El embalsamador, en realidad un abacero cuya especialidad era la cera, partió el corazón por la mitad y lo lavó varias veces, pero permaneció tercamente negro. Los expertos médicos coinciden en que la decoloración del corazón no se debió a la intoxicación, sino probablemente a un cáncer, cosa que en esa época se desconocía.


      Estatua de Catalina de Aragón en la localidad de Alcalá de Henares. 

      Máximo González- Palacios Franco 

      -Historia de la Corona de Aragón.

      -Reinas de España. 

      Ventura Caro y Maza de Linaza

      ​Ventura Caro y Maza de Linaza (1742–1809) fue un militar español que tomó parte en la campaña de Argel en 1775 e intervino como ayudante del Duque de Crillón-Mahón en la recuperación de Menorca, isla de la que fue nombrado gobernador. Participó como capitán en el sitio de Gibraltar y, posteriormente, fue destinado a la capitanía general de Galicia con el grado de teniente general.

      Fijó los límites franco-españoles en la zona de Navarra en colaboración con los correspondientes comisionados franceses, tarea que concluyó en 1786. El conocimiento que adquirió de la zona propició que, al iniciarse la guerra contra la Convención Francesa en 1793, fuera designado al mando del ejército destinado en los Pirineos con el que logró penetrar en territorio francés.
      Trasladado en 1801 a la capitanía general de Valencia, debió afrontar los levantamientos populares ocurridos a consecuencia del llamamiento a filas de cuarenta mil hombres. Durante la Guerra de la Independencia obligó a replegarse a las fuerzas del general francés Moncey, ascendiendo a capitán general y finalizando su carrera militar en Madrid en plena contienda.


      Máximo González- Palacios Franco 

      Antonio Escaño y García de Cáceres 

      ​Antonio de Escaño y García de Cáceres (1750–1814) fue un militar y marino español que partició en casi todas las grandes operaciones navales que sostuvo España en aquella época: la expedición contra Argel en 1783, la defensa de Cádiz en 1797 frente a la escuadra británica, las batallas de Brest, Finisterre y Cabo de San Vicente, en la que, gracias a su visión militar, consiguió salvar el buque insignia español, el Santísima Trinidad, hecho por el que recibió la encomienda de la Orden de Santiago.

      Sin duda, su participación en la batalla de Trafalgar es la más relevante, dada su trascendencia. Debido a su gran experiencia náutica y militar siendo segundo jefe de la escuadra española a las órdenes del almirante Gravina, sería el escogido para trasladar al jefe de la escuadra francesa, el general Villeneuve, la opinión española de romper el cerco de la flota inglesa saliendo de la bahía de Cádiz, sugerencia a la que el oficial francés se negaría.
      Tras la batalla de Trafalgar, a pesar de haber resultado herido en la contienda, fue quien comunicó al primer ministro Godoy el resultado del combate, ya que “la situación en que se encuentra el teniente general don Federico Gravina, de resultas de un balazo de metralla que al fin de la acción de ayer recibió en su brazo izquierdo, no le permite dar a Vuestra Excelencia noticia de este combate sangriento”.
      En 1810, ascendido a teniente general de la Armada, Escaño fue elegido miembro del Consejo de Regencia de España e Indias. Cuando este organismo dimitió tras la convocatoria e inicio de las Cortes de Cádiz, fue el único miembro al que se le autorizó la residencia en la ciudad. En ella murió a mediados de 1814, pocos días después de ser nombrado capitán general de Cartagena, cargo del que no llegó a tomar posesión.

      Máximo González- Palacios Franco