Cardenal Cisneros

Francisco Gonzalo Jiménez de Cisneros.
Cardenal Cisneros.

Torrelaguna (Madrid), c. 1436 – Roa (Burgos), 8.XI.1517. Franciscano (OFM), cardenalarzobispo de Toledo, inquisidor general, mecenas y político regente.

Nació, según los mejores cálculos, en 1436 en la villa madrileña de Torrelaguna, perteneciente al arciprestazgo de Uceda, de una familia de pequeños comerciantes compuesta por Alfonso Jiménez, regidor de la villa, y Marina de la Torre, nacida en una familia de albergueros y rentistas de cierta notoriedad en la comarca.

Como algunos españoles de su tiempo, tenía cierto abolengo que expresaba en sus apellidos: el patronímico Jiménez, que aludía a raíces vascongadas, y el topónimo Cisneros. Éste aludía a la villa de Cisneros, en la palentina Tierra de Campos, en donde quedaba memoria de sus antepasados Gonzalo, Juan y Toribio (desde la segunda mitad del siglo XIV) y tenían protagonismo en los días del cardenal dos estirpes, los García de Cisneros y los Rodríguez de Cisneros.

Estas familias mantenían con calor su relación y en la vida pública de Cisneros reaparecerán sus vástagos con cierta intensidad, sobre todo el gran reformador benedictino y abad de Montserrat, fray García de Cisneros y el doctor Antonio Rodríguez de Cisneros, vicario general de Toledo. La estirpe tenía orgullo sobre su abolengo y en las iglesias de San Pedro y San Lorenzo de Cisneros estableció sus enterramientos y sus memorias funerarias.

En Torrelaguna discurrió su infancia, en una casona con mesón de huéspedes, en una familia numerosa y emprendedora que engrandeció los apellidos La Torre y Huertos. En familia caminó Gonzalo al lado de sus dos hermanos menores Bernardino y Juan, el primero fogoso de carácter y extremoso en gestos; el segundo tranquilo y acaso algo apocado. El niño Gonzalo Jiménez, soñador y aventurero, dejó paso al estudiante. Durante los años 1450-1460, Gonzalo, a sus catorce años, marchó a la Universidad de Salamanca para ser legista.

Pasaron tres años de rutina que remataron con el título de bachiller en Decretos. Hacia 1456 inició la segunda etapa de sus estudios, ahora centrados en el Derecho Justinianeo. Gonzalo repartía su tiempo en sus tareas de profesor auxiliar en una cátedra cursoria de vulgarización y resumen y sus estudios. Pero acaso en este segundo momento académico, de tanta dedicación, murió en Gonzalo el jurista y nació, entre brumas de utopías, el teólogo.

Hacia 1460 el voluntarioso bachiller Gonzalo regresó a su tierra de Torrelaguna, dispuesto a conquistar puestos y dinero. Gonzalo optó por lo más difícil: promovió en Roma una causa por irregularidades canónicas contra el arcipreste de Uceda, García de Guaza, que fue depuesto, y le sucedió en la silla arciprestal. Y se sintió grande, complaciéndose en su título “el honrado Gonzalo Jiménez de Cisneros, Bachiller en Decretos y Arcipreste de Uceda”. Era un desafío que el arzobispo Carrillo no toleraba y propinó al altivo arcipreste de Uceda unos meses de cárcel. Pero el bachiller Gonzalo no desmayó y terminó instalándose en Sigüenza.

En Sigüenza lo tuvo todo: entreno político en sintonía con los Mendoza, fautores de la nueva Monarquía de los Reyes Católicos; jerarquía eclesiástica en calidad de capellán mayor; competencias civiles en el ámbito señorial; experiencia confesional al lado de una importante comunidad de judíos y conversos; inquietud intelectual en comunión espiritual con Juan López de Medina, fundador de la nueva Universidad de San Antonio de Portaceli; aprendizaje de mecenas cultural al lado del cardenal Mendoza que estaba realizando sus grandes fundaciones. Había llegado ya la década de 1480 y el bachiller Gonzalo podía jactarse de ser uno de los clérigos ricos de la Iglesia de Castilla.

En el otoño de 1484 estalló un volcán en el ánimo del prebendado seguntino. De repente se acordó del eremitorio de La Cabrera, que tanto atraía a su familia y donde se enterrará su padre y decidió que se haría ermitaño, pero no en su casa de La Cabrera, sino en otra más recóndita: La Salceda, el nido espiritual del reformador fray Pedro de Villacreces.

Se escondió de todo y de todos: cambió su nombre por el de Francisco, renunció a sus bienes, asumió la disciplina de los oratorios villacrecianos, hecha de soledad meditativa y de oración afectiva, y se encerró en el anonimato. Fueron diez años de paz turbada a veces por imposiciones de los superiores, que le obligaban a ser guardián o superior de la casa y terminaron eligiéndole superior provincial de los franciscanos de Castilla en 1494, o por visitas de amigos, sobre todo de la casa de los Mendoza, que encontraron serenidad en su conversación. Eran “asechanzas del enemigo” que culminaron un día de 1492, nombrándole confesor de la reina Isabel, por sugerencia del omnipotente cardenal Mendoza.

Y así, camino siempre de unas cumbres que daban vértigo, hasta aquel día 20 de febrero de 1495 en que una bula pontificia de Alejandro VI le declaraba con cierta fatalidad religiosa arzobispo de Toledo. Fue un designio personal de la reina Isabel que esta vez quiso pasar por encima de los cálculos políticos y se fió tan sólo de su intuición.

En el designio de la Reina había una idea y un afán: la Reforma de la Iglesia. Creyó tener a la vista el reformador de la Iglesia y se vio reforzada en su convicción por algunos de sus más eminentes consejeros: el cardenal Bernardino López de Carvajal, Antonio de Fonseca, el doctor Hernando, Fernando Álvarez de Toledo. Los prebendados de Toledo no esperaban tener un fraile observante a su cabeza y mostraron su reticencia animosa durante un largo período. En los años 1495-1496 el arzobispo hizo una larga ronda de espera y paciencia hasta que se le abrieron con gozo las puertas de su nueva casa.

La fruta amarga de los rechazos maduró al fin y en septiembre de 1497 todo se revistió de alfombras en aquel Toledo de los bandos para acoger y aclamar al arzobispo ermitaño. Fray Francisco dejó atrás su alma de asceta y peregrino y se dispuso a pilotar aquel barco gigantesco que era la Iglesia de Toledo, modelo de las Iglesias de España y plataforma del poder señorial de Castilla.

En la mirada del arzobispo había dos puntos rojos que absorbían sus desvelos: Toledo y Alcalá. Toledo era el desafío permanente a los arzobispos: una nobleza en permanente banderío; un Cabildo obsesivo de su autonomía y grandeza y desconfiado hacia sus prelados; una catedral en permanente reconstrucción; una ciudad que pretendía ser casa de la Monarquía y sede de las Cortes del reino.

Alcalá era para los prelados la verdadera casa de campo. Pero para Carrillo, Mendoza y Cisneros era la Academia de la Iglesia de Toledo. Apenas se había puesto la primera piedra de ese gran sueño. En el corazón de Cisneros había llegado el día de Alcalá. Desde sus primeros meses episcopales, cuando no había logrado adentrarse en el Toledo de su título, ya se ocupaba de Alcalá.

Así sí se clamaba en toda la Cristiandad desde siglos, pero con cierta urgencia histérica en la etapa conciliar del siglo XV. A lo largo del siglo XV se habían constituido las congregaciones y vicariatos de Observancia en las principales órdenes religiosas españolas. Era la hora de que estos focos de renovación se consolidasen, se estructurasen en instituciones y absorbiesen definitivamente los restos conventuales de sus propias familias.

Al mismo tiempo parecía llegada la hora en que los monasterios femeninos abandonasen su estampa señorial y se convirtiesen en hogares fraternales en que se viviese enteramente la vida religiosa. Detrás vendría la atracción hacia grupos informales de beaterios y oratorios que adoptarían formas constitucionales más seguras. Fray Francisco creyó que este programa era posible y se situó a la cabeza de quienes lo impulsaban.

Tuvo éxitos indudables en su familia franciscana de Castilla que vio implantarse la Observancia como un nuevo Pentecostés. Vio con satisfacción cómo la Congregación benedictina de San Benito de Valladolid se asentaba lentamente en las grandes abadías peninsulares y que dominicos y agustinos reajustaban de urgencia sus cuadros conventua1es y provinciales. Pero hubo de persuadirse de que el proceso necesitaba más sedimentación y que sólo maduraría con decenios de silenciosas conquistas. Vio con asombro que no era la Reforma lo que se discutía en Roma, sino los proyectos de César Borja y los posibles matrimonios de Lucrecia Borja.

De sus demandas poco iba a quedar en pie, porque el Papa no estaba dispuesto a “reformar su casa”, sólo se mostraba generoso concediendo al toledano facultades para que reformase su propia iglesia y prosiguiera en su afán de reforma general. Se le autorizó a visitar a sus sufragáneos, a visitar las universidades y sobre todo a consumar la reforma en curso de las órdenes religiosas. Y se le dio una prueba de confianza mayor: una competencia privilegiada para proveer los beneficios de su Iglesia de Toledo para que pudiera realizar una selección de párrocos con miras a una aplicación de las Constituciones del Sínodo de Alcalá de 1497. Con ellos en la mano, podrá decir en adelante “éstos son mis poderes”.

En los años 1497-1499 Cisneros tomó el pulso a la realidad material de su señorío y de los templos de su Iglesia de Toledo. Se encontró con infinitas casonas viejas, inservibles, que había que reconvertir dándoles un destino útil.

En el complejo catedralicio toledano todo pedía reformas que respondieran al nuevo momento: en el claustro había que edificar aposentos donde hospedar a los numerosos visitantes que se acercasen, casi siempre para celebrar Cortes y en compañía de los Reyes, y el arzobispo no descansó hasta ver estos espacios acomodados en la primavera de 1497. Era apenas el primer paso para nuevas obras de envergadura en el ámbito catedralicio, en el que quedó como recuerdo eminente de Cisneros la Capilla Mozárabe. Los canteros y albañiles fueron llegando también a los demás recintos. Las obras gastaban rentas y dinero y el antiguo ermitaño hubo de hacer números.

En 1497 confeccionaba el primer instrumento económico para el gobierno temporal de su Iglesia: las Constituciones sinodales de rentas. En ellas se diseñaron las funciones de los oficiales: contadores mayores y menores, mayordomos y caseros. Y se marcaron los pasos sucesivos del hacimiento de rentas. En las cuentas de su gobierno episcopal quedó grabada para la posteridad esta faceta de administrador que resultaba sorprendente en fray Francisco.

En 1492 contempló asombrado el ultimátum real: o conversión o éxodo. Pensó que había que salvar sus textos y su saber religioso y soñó con su futura Biblia Políglota. Corrían los años y entró en el torbellino político a causa de su promoción arzobispal y se encontró con otro reto: el nuevo reino de Granada, que se incorporó a la Corona en 1492. Para Cisneros Granada era eminentemente compromiso toledano, como en su día lo fue el reino de Sevilla para el arzobispo Jiménez de Rada. Se esperaba una “conversión política” de las muchas que se habían realizado durante el proceso de la conquista: capitulaciones de conversión y castellanización.

Para Cisneros era un nuevo desafío personal: debía ir en persona a Granada y realizar el antiguo valimiento toledano en este nuevo reino. La cita tenía su momento: el otoño de 1499. No era sólo el arzobispo; era la Iglesia de Toledo la que se desplazaba a la ciudad de la Alhambra con letrados, capellanes y catequistas. No había objeciones de fondo: el capitán general, conde de Tendilla, debía favorecer esta conversión política; el arzobispo de Granada, fray Hernando de Talavera, sabía que con este gesto comenzaba la cristianización inicial, a la que debía seguir un proceso de consolidación y castellanización que exigiría tiempo y sudores.

Así llegó 1504, año de lutos. Doña Isabel atravesaba los meses de 1504 un tanto confinada en una casa de Medina del Campo, decaída y añorante. Tras “cien días continuos de gran enfermedad”, se sumió en una hidropesía delirante y murió, el 26 de noviembre de 1504. Pocos estaban a su lado y menos querían ser sus confidentes. El propio Cisneros estaba ausente, en Alcalá, y vivía este momento con dramatismo religioso. Creía que servía mejor a la Corona con su silencio. En esta niebla política encendió otras luces: reorganizó la misión de Indias y programó la nueva edición de la Biblia Políglota que tanto había soñado. Y sin duda perfiló los nuevos caminos de su idealidad política.

Se abrió 1505 como un haz de interrogantes. Don Fernando fue nombrado gobernador del reino de Castilla y administrador de las Indias y quiso ejercer. Don Felipe, por consorte de doña Juana, la Reina titular, era de hecho Rey de Castilla y no quería competidores ni sombras en el Trono. Aragón y Castilla habían vivido yuxtapuestos con sólo una cita común en la Corona de sus Reyes.

Las intrigas se agolparon a lo largo de 1505 y Cisneros se vio forzado a jugar de florentino: don Fernando logró confirmar sus pretensiones en la Concordia de Salamanca de 24 de noviembre de 1505 y en un nuevo acuerdo de 6 de enero de 1506 y aparentemente tenía a su lado, decidido, al arzobispo de Toledo. Cisneros se encontraba al lado de la Monarquía y no tanto de sus titulares. Tenía la suerte de que le necesitaran don Felipe y don Fernando y ninguno lo excluyó. Había atinado en su postura, porque lo que más se necesitaba era justamente arbitraje político.

Se evidenció en septiembre de 1506, cuando murió inesperadamente don Felipe y se hubo de pensar con disimulo en la vuelta de don Fernando. Desde el Consejo Real, el arzobispo de Toledo sacó adelante la causa, sorteando con sutileza infinitos escollos. En agosto de 1507 don Fernando volvió a pasearse por Castilla. Fray Francisco se había encumbrado en el teatro político. En España y en Roma. Don Fernando le gratificó con las encomiendas más difíciles, como la de inquisidor general, y pidió para él capelo cardenalicio.

El nuevo papa Julio II lo necesitaba como valedor en España y sobre todo en Italia, donde sus enemigos le hacían la guerra e intentaban un cisma. Así llegaron los momentos de apoteosis: el 17 de mayo de 1507 fue creado cardenal de Santa Balbina; el 5 de junio fue nombrado inquisidor general del Reino de Castilla, en sustitución de Diego de Deza, arzobispo de Sevilla y confesor real; el 13 de septiembre recibía solemnemente el capelo cardenalicio.

Cisneros era celebrado como el conquistador de Orán y esta conquista se le puso en su haber de genialidad y estrategia política. En realidad se trataba de una aventura religiosa: el sueño de una África hispana y cristiana que llegaría hasta la misma Palestina. Esta utopía nació en él por los años de 1505-1507 y era compartida por el rey don Manuel I de Portugal.

Se proyectaba una gran expedición que acabaría con los mamelucos de Egipto y aplastaría al Turco. La apadrinarían los reyes españoles, portugueses e ingleses. Sería la cruzada definitiva. Se desvaneció esta utopía, pero nació otra: la de una Berbería cristiana que comenzaría por los pequeños reinos y ciudades de la cercana costa argelina, Mazalquivir, Cazaza y Orán, que se ofrecían tentadoras. De hecho, cayeron a partir de 1505 en poder de conquistadores españoles que terminaron vinculándolas a la Corona de Castilla.

A la hora de idear un asalto a Orán, Cisneros quiso que la campaña fuese calculada en todos sus aspectos: geográficos, económicos, militares y religiosos. Sin embargo, la expedición se preparó con una celeridad inusitada y el día 13 de mayo de 1509 zarpó la armada desde Cartagena hacia Orán. El día 17 se produjo el asalto, acaso con complicidad de los moradores. El arzobispo regresó de prisa: tenía que asegurar el sustento militar y económico de la plaza, organizar su vida municipal y configurar su ordenamiento religioso dentro de la Iglesia de Toledo, que tendría allí una de sus colegiatas.

Era apenas un proyecto, porque la realidad oranesa discurría desde el mismo año 1509 por los cauces normales de la administración de la Corona. Era un fortín militar y económico dentro del pequeño reino de Tremecén que se hacía vasallo de Castilla.

En 1510-1511 Italia se hizo de nuevo hoguera. Julio II il Terribile se enfrentó con todos, y estuvo a punto de morir en la refriega. En el ápice de la pugna, el 20 de mayo de 1511, una docena de cardenales capitaneados por el español y amigo de Cisneros, Bernardino López de Carvajal, se rebelaron públicamente contra el Papa, le convocaron ilegalmente a rendir cuentas ante un concilio general y le colocaron al amparo del rey de Francia. Julio contestó con las mismas armas: convocó el V Concilio de Letrán para la primavera de 1512 y proclamó que sería el anhelado concilio de reforma.

En la biografía de Cisneros los años 1512-1515 fueron un trienio otoñal. Presentía su fin y el de su Rey y, por lo tanto, pensaba en remates y epílogos. Se expresaron estas prematuras despedidas en dos documentos trascendentes: el testamento del cardenal, suscrito en Alcalá el 4 de abril de 1512, y el testamento del rey Fernando, otorgado el 2 de mayo del mismo año. En ambos textos se expresaba una definición de la Monarquía y de sus aspiraciones. En el de Cisneros había un tema predilecto: Alcalá.

En enero de 1516 Castilla estaba fría y sola: sin Rey, sin gobierno, sin normas. Esta vez los nobles de Castilla estaban de acuerdo y se conjuraron a establecer esta regencia que sería gobernación, continuando sin alteraciones la administración del rey Fernando. Su piloto indiscuto debería ser Cisneros.

La gobernación de Cisneros tuvo dos vertientes muy claras: la pragmática de gobierno diario y la política de afirmación de una nueva Monarquía española. En la primera faceta el cardenal-gobernador se vio sometido a fortísimas presiones de la nobleza local.

Eran inquietudes que el toledano supo reconducir magistralmente a concordias entre las estirpes y colaboración estrecha con la gobernación: acogió con satisfacción las pretensiones de expansión económica que le presentaron los burgueses castellanos, sobre todo los artesanos textiles; supo moverse con destreza en el plano militar frente a una nueva invasión francesa en Navarra y a las sorpresas del corso turco y argelino; creó nuevos medios económicos para la manutención del Estado, ejecutando decisivamente la incorporación de las órdenes militares a la Corona y poniendo en marcha con diligencia los recursos que ofrecía a la Monarquía la recaudación de la Cruzada; contuvo la presión municipal que comenzaba a ser clamorosa a causa del vacío político que estaba causando la lejanía del Rey y el intrusismo flamenco en los recursos económicos de Castilla.

En el otoño de 1517 Cisneros tenía ante sí la realidad del relevo y del retiro. Era ya octogenario, privilegio que el cielo otorgaba entonces a muy pocos mortales. Todavía tenía vigor y esperanza: informó al nuevo Rey y le hizo ver lo que realmente era Castilla y la España soñada. Era un encandilamiento senescente que no contaba con la realidad de una nueva Corte eufórica y joven que no quería estorbos en su camino.

El nuevo rey don Carlos llegó a las costas cantábricas el 7 de septiembre de 1517. Se adentró lentamente siguiendo itinerarios aparentemente tortuosos, siempre afirmando que la meta era Valladolid, en donde se produciría el encuentro con el cardenal. Los días pasaban y la comitiva no llegaba a la ciudad del Pisuerga. El cardenal se inquietaba y se movilizó, a pesar de su extrema debilidad. Inició unas jornadas cansinas por tierras palentinas, camino de la villa de Roa. Apenas se sostenía en pie, porque sus facultades se iban apagando. Tenía una ilusión que le sostenía: el encuentro con el nuevo Rey, que estaba previsto con día y hora en el pueblo de Mojados (Valladolid, cerca de Olmedo).

Pero la vida se le quebraba plácidamente en la madrugada del 8 de noviembre de 1517. Llevaba una pena: no haber hablado de la Monarquía al Rey, y llevaba también un gozo: sus “obras” estaban terminadas. Un breve codicilo refrendó su última voluntad expresada con lucidez cinco años antes.

La creación de un nuevo tipo de Universidad: una academia muy completa en sus especialidades, inspirada en los mejores modelos humanistas cristianos, centrada en su colegio mayor de San Ildefonso, institución a la vez titular de los derechos económicos y rectora de la institución académica con capacidad para proseguir indefinidamente las fundaciones cisnerianas, buscando discretamente el patrocinio de la Corona a título de patronato, del Pontificado como legitimador jurídico y de las Iglesias de Castilla que debían dar preferencia en sus provisiones beneficiales a los graduados de Alcalá.

La configuración jurisdiccional y económica de la nueva institución tendría amplísima autonomía canónica y civil y dotación económica capaz de asegurar su continuidad, incluso acometiendo ingentes obras nuevas y reparaciones, pues los edificios escolásticos sufrirían inexorablemente deterioros y resultarían muy pronto inservibles.

El estatuto constitucional y profesional de maestros y oficiales combinaba admirablemente exigencias de eficacia práctica con estímulos para iniciativas, como era la posibilidad de recibir encomiendas particulares, como la colaboración en la versión de la Biblia Políglota, de mejorar las casas de residencia, de ascender a beneficiados de la colegiata o editar los escritos de los profesores complutenses en la imprenta universitaria.

Además, los profesores complutenses gozaron de entera libertad de opinión a la sombra del inquisidor general, que era su propio patrocinador, Cisneros, unas franquicias intelectuales que les fueron denegadas pocos años después, cuando nació la suspicacia hacia los erasmistas. La voluntad del fundador expresada en las Constituciones y estatutos tenía fuerza de testamento, incluso a la hora de reformarlas y reajustarlas, como aconteció con la conocida Reformación de Felipe II. Cuanto se hizo en Alcalá, se acuñó con el escudo del cardenal y quiso ser la expresión de su voluntad fundadora.

Bibliografía.:
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Real Academia de la Historia.

Ruy González de Clavijo

De Cádiz a Samarcanda.

Ruy González de Clavijo.

lMadrid, m. s. XIV – 2.IV.1412. Diplomático, principal oficial de la Casa Real y camarero real de Enrique III de Castilla.

Poco se sabe de Clavijo antes de su embajada a la Corte del Gran Tamerlán en Samarkanda, enviado por Enrique III. Nació en Madrid y su apellido era ya muy antiguo en esta villa, aunque, al parecer, de origen toledano. Antes de ser camarero del jovencísimo Enrique III, ya lo fue de su padre Juan I, como lo fue también más tarde de su hijo Juan II.

El antecedente inmediato del viaje de Clavijo se sitúa en la derrota de Nicópolis (1396) por los europeos ante Bayaceto, sultán de los turcos otomanos. Ante esta catástrofe, el emperador de Constantinopla realizó un viaje por Occidente tratando de levantar armas, dinero y hombres como última defensa, ya que la ciudad estaba totalmente rodeada por el Turco. Por otra parte, en Occidente se empezaba a oír hablar del Gran Tamerlán, quien desde Asia Central venía consiguiendo varias victorias, desde Delhi hasta Damasco, y que por aquel entonces se había concentrado en hostigar a Bayaceto en Anatolia oriental.

Enrique III, quien ya se había destacado enviando embajadas al sultán de Babilonia en El Cairo y a otros reyes musulmanes del norte de África —Fez, Túnez, etc.—, envió a Payo Gómez de Sotomayor y a Hernán Sánchez de Palazuelos como embajadores ante Tamerlán, si bien lo más probable es que, por prudencia, fueran acreditados también ante Bayaceto.

Los embajadores coincidieron en Angora (actual Ankara) justo cuando Tamerlán libró batalla a Bayaceto en julio de 1402, la cual ganó. Al presentarse los embajadores, Tamerlán mandó con ellos, para su vuelta, a su consejero, Mohamad Alcagi (El-Kesh). Asimismo, les cedió tres esclavas, princesas grecohúngaras, apresadas en la batalla de Nicópolis seis años antes, y que habían formado parte del harén de Bayaceto desde entonces.

Los embajadores llegaron en marzo de 1403 a Segovia, donde Angelina de Grecia, una de las esclavas liberadas, nieta del rey de Hungría, se casó con Contreras, corregidor de la ciudad (antepasado directo del marqués de Lozoya, académico de la Real Academia de la Historia y gran estudioso del tema). Los otros embajadores, Sotomayor y Palazuelos, se casaron, asimismo, con las otras dos esclavas, Catalina y María.

Enrique III decidió entonces enviar a Clavijo como embajador a Tamerlán, y propuso a Mohamad Alcagi acompañarle. El 21 de mayo de 1403 procedieron a embarcarse en El Puerto de Santa María en compañía de una docena de hombres, entre los que se encontraban fray Alonso Páez de Santamaría, el guardia real Gómez de Salazar —que murió en el viaje— y Alonso Fernández de Mesa. El trayecto cubrió El Puerto de Santa María, Tánger, Málaga, Cartagena, Ibiza (Génova, a la vuelta), Messina, Rodas, Chíos, Gallípoli, Pera, Constantinopla, Kerpe, Sinópolis, Girisonda, Trebisonda —donde empezó el viaje por tierra el 11 de abril de 1404—, Arzinjan, Erzurum, Aunique, Khoy, Tabriz, Sultaniyah, Teherán, Damogan, Andkhuy, Valque, Termez, Kesh, y Samarkanda (adonde llegó el 8 de septiembre de 1404); y volvió el 21 de noviembre de ese año, por Bukhara.

La intención original de Clavijo era la de encontrarse con Tamerlán en Medio Oriente, quizás en Turquía o Siria, pero Tamerlán había decidido volverse a Samarkanda después de una campaña de siete años, para prepararse para la inminente invasión de China. Clavijo tuvo, pues, que perseguir a Tamerlán en su continua vuelta a casa y —afortunadamente para la historia— tuvo que seguirle hasta Samarkanda, convirtiéndose, sin duda, en el español que hasta entonces más lejos había llegado, y casi con toda probabilidad en el primer “Embajador” (con ese título, ya que otros habían sido mensajeros, monjes, o comerciantes) de Europa en Asia.

La crónica de Clavijo describe en gran detalle, no solamente el viaje en sí, los lugares y ciudades por los que pasó y su historia, sino que incluso resulta ser un documento de gran interés histórico sobre Tamerlán y su entorno. Son de destacar las descripciones detalladas de ciudades, en particular la Constantinopla todavía cristiana, las de las dieciocho fiestas con las que fue agasajado en Samarkanda, las vestimentas de las cortesanas y del propio Tamerlán, la boda del nieto de Tamerlán Ulug Beg, el bazar…

El relato es el único testimonio europeo del lujo de esa Corte, y base de la leyenda de Samarkanda. Describe en detalle las negociaciones con diversos mandatarios cuando pasó por sus territorios, en sí una lección de diplomacia. Las maravilladas descripciones de una jirafa —vista por primera vez— y de una batalla de elefantes —“marfiles”— son extraordinarias joyas de la narrativa medieval española.

Tamerlán (unión de Timur Beg o Bey —señor de hierro— y Leng —el cojo—, aunque Clavijo le llama respetuosamente Timurbec), quien después de Genghis Khan fue el mayor conquistador de la región, creando el segundo mayor imperio conocido hasta la fecha, fue un gobernante de gran habilidad diplomática y militar, que conquistó gran parte de Asia y el Medio Oriente y se convirtió, en el Oeste, en el azote de Bayaceto. Su temeridad, sabiduría y hasta crueldad eran legendarias; se cuenta que construía pirámides con las cabezas cortadas de aquellos habitantes de ciudades que no se rendían enseguida al aparecer él con sus huestes.

En la propia carta que Tamerlán envió a Enrique III describía con detalle cómo “obligó a sus enemigos vencidos a tragar sus espadas”. Además, sólo unos meses antes, Tamerlán había pasado a cuchillo a todos los caballeros de la Orden de Rodas que defendían Esmirna, después de haberse negado por segunda vez a rendirse. No deja de asombrar el coraje de Clavijo al adentrarse en los territorios de tan temible guerrero. De hábitos nómadas, hizo, sin embargo, que Samarkanda y otras ciudades deslumbrasen a sus visitantes por el esplendor y majestuosidad de sus edificios —palacios, madrazas o escuelas coránicas, mezquitas, mercados…—, construidos con artesanos y arquitectos traídos de los territorios que conquistaba.

La embajada de Clavijo sólo se puede comprender en un entorno evocador del conocido dicho “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”, ya que poco podía esperar Castilla de un personaje tan lejano con ese bagaje, sino el de ser un simple contrapeso a la fuerza del Turco, quien de todas formas, finalmente, conquistó Constantinopla en 1453, precisamente en plena debilidad del Imperio Timúrido, el de los sucesores de Tamerlán. Sin embargo, sí es probable que la intervención de Tamerlán, cortando por la retaguardia la ofensiva del Turco, no sólo retrasó la toma de Constantinopla en medio siglo, sino que probablemente impidió que Europa entera cayera en manos del Islam.

La embajada de Clavijo fue, diplomáticamente, una iniciativa sin mayores consecuencias y de resultado incierto. Tamerlán en un principio sí recibió con grandes honores a Clavijo, humillando incluso delante de él al embajador chino, a cuyo Emperador reprochaba que no le pagase el tributo debido. Tamerlán, ya probablemente muy enfermo, se consagró entonces a preparar la yihad —guerra santa— contra China, lo que le obligó a ignorar a los embajadores al término de su visita. Al final, preocupado con su inminente invasión de China en pleno invierno terrible, Tamerlán ni siquiera se despidió de Clavijo ni respondió a la carta de Enrique III que el embajador había traído consigo.

Al morir Tamerlán, ya en el viaje de vuelta del español, se produjeron varias revueltas y el embajador fue detenido en Tabriz durante seis meses por un nieto de Tamerlán, señor de Persia, hasta que por fin fue liberado para volver a España, no sin haber sido previamente despojado de los regalos con que había sido obsequiado para el Rey.

En el viaje de vuelta, que Clavijo narra más sucintamente, se detuvo incluso en Savona, donde fue a ver al Papa, “con quien debía tratar algunos asuntos”. Con su discreción habitual, Clavijo no menciona de qué asuntos se trataba, pero resulta asombroso que este plenipotenciario, casi tres años después de su partida, se permitiera negociar en nombre del Rey de asuntos de Estado, lo que demuestra el altísimo grado de credibilidad que tenía con el Monarca.

Clavijo llegó finalmente a Alcalá de Henares el 24 de marzo de 1406, y firmó su crónica “Laus Deo” (alabado sea Dios).

El 24 de diciembre de 1406, Enrique III otorgó testamento en Toledo y Clavijo fue uno de los testigos; le asistió y sirvió hasta su muerte al día siguiente (aunque Álvarez y Baena, indica que el Rey murió el día de Navidad, pero del año siguiente).

Clavijo murió el 2 de abril de 1412 y fue sepultado en un túmulo de alabastro suntuoso y ricamente labrado en la capilla mayor del convento de San Francisco de Madrid. Alrededor de la sepultura, podía leerse: “Aquí yace el honrado caballero Rui González de Clavijo, que Dios perdone, camarero del Rey Don Enrique, de buena memoria, e del rey D Juan su fixo, al qual el Dicho Señor Rey ovo enviado por su embaxador al Tamorlan, et finó dos de abril año del Señor de M. CCCC. XII Años”. Se derribó este sepulcro para poner en su lugar el de la reina doña Juana, mujer de Enrique IV. Esta capilla fue finalmente demolida en 1760.

Sus casas estaban donde luego se edificó la capilla del obispo en la parroquia de San Andrés, donde hoy se encuentra una placa conmemorativa en la parte inferior de la plaza de la Paja. Estas casas eran tan suntuosas que sirvieron de aposento al infante don Enrique de Aragón, primo del rey Juan II. Cerca del río Manzanares existe una calle pequeña con el nombre de Clavijo.

Resulta extraño el gran desconocimiento de este personaje en la sabiduría popular española. Su aventura, sin embargo, y su descripción se encuentran entre los grandes relatos del ámbito universal, equiparable, por ejemplo, a la aventura de Marco Polo, conocido en el mundo entero. No obstante, no dejó idioma, ni trajo consigo oro, brillantes, alhajas, seda, tafetanes, especias, que tan bien describió en su libro. No dejó nombres españoles —aunque emociona su descripción del lugar de veraneo de Tamerlán, “Carabaque”, hoy más conocido con su fonética anglosajona “Karabakh”—, y también se querría creer que en la reciente transcripción del alfabeto cirílico al latino de la lengua turkmena, la súbita aparición de la letra “eñe” ha sido una herencia tardía del paso de Clavijo. No dejó religión, ni costumbres, y tampoco llevó armas, ni mató, ni guerreó con nadie; todos ellos elementos que en una u otra forma se han ensalzado en toda gesta, y que quizás explican la falta de atractivo popular de la figura.

Ochoa Brun resalta la sorprendente modestia del personaje en su relato: “Es curioso que el autor no incurra en uno de los habituales vicios del intelectual, sobre todo del intelectual político que, llamado a describir hechos o circunstancias memorables de que fue testigo, cae por lo general en la tentación de puntualizar y destacar antes que nada su propia participación y su personal protagonismo.

No es éste el caso de Clavijo. Antes bien, su persona y las de sus compañeros quedan minimizadas y subsumidas en la riqueza de las descripciones: sus propios sufrimientos o penalidades no son subrayados; las víctimas dejadas entre las peripecias del camino son objeto apenas de una escueta referencia, patética en su laconismo. Ni un autoelogio hay, ni una mención a los evidentes méritos de los embajadores y sus acompañantes, ni una moraleja interesada en el enjuiciamiento de los hechos y cosas que vieron, ni un comentario final que resalte la colosal empresa acometida o la acogida que debió de hacerles el rey a su regreso, que Clavijo no detalla, como para no caer en un por cierto bien justificado triunfalismo”.

Finalmente, con el ocaso de la ruta de la seda y las especias, al descubrirse casi un siglo más tarde la ruta del mar por Vasco de Gama, Asia Central perdió el interés geoestratégico, del cual había gozado durante los siglos anteriores. Así, una iniciativa diplomática frustrada, sin mayores consecuencias, cayó en el olvido, al mismo tiempo que se empezó a ensalzar la aventura de nuestros conquistadores en América.

Máximo González Palacios Franco

Obras de ~: Relación de la Embajada de Enrique III al Gran Tamerlán, ms. en Biblioteca Nacional de España (Madrid), y British Library (Londres), s. xv [ed. de G. Argote de Molina, Sevilla, 1582; Madrid, Antonio Sancha, 1782; Narrative of the Embassy of Ruy González de Clavijo to the Court of Timur at Samarkand 1403-6, ed. de Sir Clemens Markham, Londres, Elibron Classics, 1859 (ed. facs. de la de Hakluyt Society); ed. de la Academia Imperial Rusa de Ciencias, Sección de Lengua Rusa, 1881, vol. XXVIII, págs. 1-455; Embajada a Tamerlán, ed. de F. López Estrada, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1943 (Nueva Colección de Libros Raros y Curiosos I) (reed., Madrid, Clásicos Castalia, 1999); La Route de Samarkand au Temps de Tamerlan, Relation du voyage de l’ambassade de Castille à la cour de Timour Begh par Ruy González de Clavijo 1403-1406, ed. de L. Kehren, París, Imprimerie Nationale Editions, 1990; Historia del gran Tamorlán: e itinerario y narración del viaje y relación de la embajada que Ruy González de Clavijo hizo […], ed. de R. Alba, Madrid, Miraguano Ediciones, 1999; Viaggio a Samarcanda 1403-1406.

Un ambasciatore spagnolo alla Corte di Tamerlano, Roma, Ed. Viella, 1999; Misión Diplomática de Castilla a Samarkanda, ed. bilingüe ruso-española de L. Cabrero Madrid, Ediciones de Cultura Hispánica-Agencia Española de Cooperación Internacional, 2000].

Bibliografía.:
J. A. Álvarez y Baena, Hijos de Madrid ilustres en santidad, dignidades, armas, ciencias y artes: Diccionario histórico por orden alfabético de sus nombres […], t. IV, Madrid, Benito Cano, 1789-1791, pág. 302 (ed. facs., Madrid, Atlas, 1973); J. Filgueira Valverde, Payo Gómez de Sotomayor, Mariscal de Castilla, Embajador de Enrique III al Gran Tamerlán, Pontevedra, Diputación, 1976; F. López Estrada, “Procedimientos narrativos en la Embajada a Tamerlán”, en El Crotalón, 1 (1984), págs. 129 y ss.; J. Rubio Tovar, Libros españoles de viajes medievales, Madrid, Taurus, 1986; M. B. Campbell, The Witness and the Other World: Exotic European Travel Writing, 1400-160, Ithaca, Cornell University Press, 1988; M. A. Ochoa Brun, Historia de la Diplomacia Española, vol. I, Madrid, Ministerio de Asuntos Exteriores, 1990, págs. 229-245; R. Eberenz, “Ruy Gonzalez de Clavijo et Pero Tafur: L’image de la ville”, y F. López Estrada, “La relation de L’ambassade d’Henri III au Grand Tamerlan”, en Etudes de Lettres, vol. 3 (julio-septiembre de 1992), págs. 5-28 y págs. 29-51, respect.; P. E. Mason, “The Embajada a Tamorlán: Self-Reference and the Question of Authorship”, en Neophilologus, vol. 78, n.º 1 (1994), págs. 79-87; F. Suárez Bilbao, “Una embajada de Enrique III en la Corte de Tamerlán”, en Studia Carande: Revista de Ciencias Sociales y Jurídicas (Universidad Rey Juan Carlos I, Madrid), n.º 2 (1998), págs. 481-498; C. Montojo Jiménez, La diplomacia castellana bajo Enrique III: estudio especial de la Embajada de Ruy González de Clavijo a la corte de Tamerlán, Madrid, Ministerio de Asuntos Exteriores, 2004.Santiago Ruiz-Morales Fadrique.
Real Academia de la Historia.

Asedio de Castelnuovo.

Asedio de Castelnuovo.

Manuel Francisco y Sarmiento de Méndoza.
Burgos, c. 1498 – Herceg Novi (Montenegro), 6.VIII.1539. Militar, caballero de la Orden Santiago y comendador López Mata (1946)

Sin embargo, confundió a su madre con una tal Beatriz Corral y al no profundizar en su verdadera ascendencia desconocía que ésta entroncaba con el linaje real de Castilla, pues su abuela María Manuel era tataranieta del infante don Juan Manuel, hijo de Fernando III el Santo.

Fue el tercer hijo varón de Antonio Sarmiento y Manuel (Burgos, c. 1443 – 22.X.1523) —“ alcalde mayor de Burgos, bisnieto de Garci Fernández, Adelantado de Galicia, hermano de los ilustres señores D. Luis de Acuña, Obispo de Burgos, y de D. Pedro Girón, Arcediano de Valpuesta”, como reza su epitafio sepulcral— y de María de Mendoza y Zúñiga (Almazán, c. 1464-1468 – Burgos, 19.X.1513), hija de Pedro González de Mendoza el Gordo, I conde de Monteagudo, y de Isabel de Zúñiga, hija a su vez de los primeros condes de Miranda.

Sus hermanos mayores fueron el capitán Garci Sarmiento (Burgos, c. 1489 – Djerba, 1510), cuya heroica conducta y muerte en el primer desastre de los Gelves glosaron los cronistas coetáneos (Illescas, entre otros) y Luis Sarmiento de Mendoza (Burgos, c. 1492 – Lisboa, 1556), caballero calatravo (1546), comendador de Biedma (1541-1546) en la de Santiago y de Almuradiel (1546-1556) en la suya, embajador de Carlos V en Portugal (1536-1543 y 1552-1556), apoderado de Felipe II en la ceremonia de su primer matrimonio con María Manuela de Portugal, celebrado por poderes en Almeirim (12 de mayo de 1543) y, desde entonces, caballerizo mayor de dicha princesa, madre el príncipe don Juan (1545-1568).

Por la progenie de este hermano, nuestro biografiado fue tío del homónimo Francisco Sarmiento de Mendoza (1525- 1595), obispo de Astorga y de Jaén, y de sus hermanos Antonio Sarmiento de Acuña (1528-1591), señor de Castrofuerte —paje del malogrado príncipe don Juan, que combatió contra los moriscos de Granada, en Lepanto y en Túnez— y Leonor Sarmiento y Pesquera, esposa de Garci Sarmiento de Sotomayor, IV señor de Sobroso y de Salvatierra.

A su vez, fue sobrino de los ya mencionados Luis de Acuña y Osorio (1424-1495), obispo de Burgos —que antes de profesar en el orden sacerdotal fue padre de Diego de Osorio, señor de Abarca y Villaremiro, y de Antonio de Acuña, el llamado “obispo comunero”, ambos primos carnales suyos— y del arcediano Pedro Girón (Burgos, c. 1441 – 18.X.1504), fundador del Convento de San Esteban de los Olmos, que era hermano entero de su padre, cuando el primero lo era sólo de madre, fruto del primer matrimonio de María Manuel con Juan Álvarez Osorio.

Entre sus tíos-abuelos hallamos al II conde de Monteagudo, al II marqués de Mondéjar y al V conde de Benavente, parentela cierta que nada tiene que ver con la que apunta Karlo Budor (2005), tratando de encajar a unos Sarmientos establecidos en Castilnovo (Herceg-Novi) tras la reconquista turca entre la enjundiosa y conocida estirpe de nuestro personaje.

Conocida, sí, aunque no del todo, pues en una carta del condestable de Castilla, Íñigo Fernández de Velasco, duque de Frías, al cabildo burgalés, fechada en 1527, ordenaba que se encargara de un determinado servicio “mi sobrino, el regidor D. Francisco Sarmiento”.

A la muerte del rey Enrique IV (1474), su padre y sus tíos secundaron en Burgos el partido de Juana la Beltraneja, resistiendo en el castillo el ataque de las tropas de Isabel de Castilla, ante la que hubieron de capitular el 15 de febrero de 1476.

Merced a dicha capitulación y al perdón real, tanto los cabecillas como sus seguidores pudieron conservar sus empleos y dignidades, razón por la que la familia cimentó su lealtad a la nueva línea hereditaria de la corona y permaneció fiel al rey Carlos I durante la rebelión comunera, excepción hecha de su primo Antonio de Acuña, obispo de Zamora ,que ambicionaba la tiara primada, mientras que el hermano mayor de éste, Diego de Osorio, rechazaba encabezar la insumisión burgalesa saliendo de la ciudad.

Sin embargo, Burgos se alzó el 10 de junio de 1520, sustituyendo al corregidor real y asesinando al castellano de Lara, el francés Joffre de Cotannes. Francisco Sarmiento, que desde los dieciocho años era alcaide de la torre y puerta de Santa María la Blanca (hoy Arco de Santa María), logró mantener el pendón real en las colaciones de San Cosme y San Damián, como también en la de San Esteban, inmediatas al castillo, evitando que éste cayera en poder de los levantiscos hasta que su tío el condestable reclamó para sí la vara de la ciudad, que nadie osó negarle en principio, aunque después se vería forzado a huir a Briviesca.

Nombrado éste por Carlos I corregente de Castilla (9 de octubre de 1520), consiguió granjearse la voluntad de los burgaleses a costa de determinadas cesiones y el 1 de noviembre entraba de nuevo en ella, recompensando a su sobrino con el nombramiento de capitán de una compañía de trescientos hombres que levó en las parroquias leales.

Todavía intentaron los comuneros recobrarla para su causa, apoyados desde el Norte por Pedro de Ayala, conde de Salvatierra, pariente lejano de Francisco ,los Sarmiento burgaleses descendían de una rama cadete de la línea condal—, y desde el Sur por su primo el obispo, procedente de Toledo; pero la conjura interior fue descubierta y abortada el 23 de enero de 1521. Por ello pudo el condestable formar un ejército en Tordesillas y perseguir al núcleo principal del Ejército de las Comunidades, al que derrotó en Villalar (23 de abril de 1521).

Aunque la sublevación no estaba completamente vencida, Francisco hubo de partir enseguida con el condestable hacia Navarra, invadida por un Ejército francés al mando de Andrés de Foix, apoyado por el partido navarro-agramontés que, aprovechando la revuelta castellana, pretendía la reposición de casa de Albret (Labrit) en la persona de Enrique II.

Antes de que el condestable pudiera unirse a las tropas leales al virrey de Navarra del partido beamontés, los invasores habían ocupado el reino y sitiado a Logroño (5 a 11 de junio de 1521). Operada la conjunción con el ejército virreinal del duque de Nájera, reforzado por contingentes vascos, los sitiadores optaron por replegarse a Pamplona pero sus perseguidores lograron derrotarle en la batalla de Noaín, a la vista de la ciudad (30 de junio), “conociéndose por cartas del Condestable el brillante comportamiento de la compañía mandada por Sarmiento” (López Mata, 1946).

Aunque el día siguiente los realistas recobraron Pamplona, se hallaban aún empeñados en la sumisión de algunas villas y castillos agramonteses cuando se supo que otro ejército francés, éste al mando del almirante Bonnivet, tras apoderarse del castillo de Behovia, puso cerco a Fuenterrabía (6 de octubre de 1521), que hubo de capitular el 18 tras rechazar tres asaltos.

Hasta el 1 de febrero de 1523 no pudo el condestable plantar su ejército frente a la ciudad y, para evitar desangrarlo en cruentos asaltos, decidió rendirla por hambre y forzar su capitulación. Francisco sirvió durante todo aquel asedio hasta que la plaza se entregó el 5 de marzo de 1524. Después regresó a Burgos, no pudiendo hallarse junto a su padre en los últimos momentos de su vida; no obstante lo cual, el mencionado Budor sitúa a éste en Castilnovo de Esclavonia ya muerto el hijo.

Aunque por poco, también Teófilo López erró la muerte paterna, que elucida su epitafio sepulcral, largo tiempo preservado en el monasterio de San Esteban de los Olmos y desde el siglo xix, en el Museo Arqueológico Provincial (Martínez, 1935; Gaya, 1968), hoy llamado Museo de Burgos, que conserva también, aunque incompleto, el sepulcro de Pedro Girón, mientras que el del obispo burgalés, hermano de ambos, que ultimó las famosas agujas de la catedral, permanece aún en la suntuosa capilla de la Concepción y Santa Ana, que erigió en su interior.

Reintegrado a la vida civil, ocupó un asiento de regidor de Burgos, donde contrajo matrimonio con Maria de Cotannes (1502-1555), hija de Antonio de Cotannes y de Elvira Enríquez; emparentada, por lo tanto, con aquel castellano de Lara asesinado en la revuelta comunera. La boda debió de celebrarse en 1524, o en 1525 como muy tarde, porque en 1529, cuando Francisco reasumió su carrera militar, ya habían nacido sus tres hijos: Garci, Francisca y Antonio Sarmiento.

Cuando Carlos V anunció su marcha a Italia (15 de febrero de 1529) para su coronación imperial por el Papa, Francisco Sarmiento levantó en Burgos otra compañía de trescientos hombres, servicio recompensado con el hábito jacobeo (1530); también fue comendador, posiblemente en otra Orden porque Salazar y Castro no le menciona en la suya. Junto a su hermano Luis embarcó en Barcelona el 25 de julio, tres días antes de que zarpase la armada.

Nada más aportar en Génova (15 de agosto), su compañía fue destacada para recibir la sumisión de Pavía, que los franceses no entregaron hasta el 10 de octubre, en virtud de la Paz de Cambrai (5 de agosto de 1529). Aunque T. López le hace presente en la coronación cesárea en Bolonia (24 de febrero de 1530), a la que asistió su hermano, lo cierto es que él había partido en noviembre desde Pavía a Florencia para reforzar al ejército de Philibert de Châlon, príncipe de Orange, que sitiaba la ciudad, aunque debía preservarla de saqueos por orden del emperador y, por lo tanto, evitar su asalto.

En tales condiciones, la resistencia florentina no desmayó hasta la derrota y muerte de Francisco Ferrucci (1489-1530) en la batalla de Gavinana (2 de agosto de 1530), donde pereció también el príncipe de Orange y en la que se distinguió Sarmiento junto al también capitán Machicao, sirviendo a las órdenes del maestre de campo Pedro Vélez de Guevara (fallecido en 1555). La plaza capituló el 12 de agosto ante Alfonso de Avalos (1502-1546), marqués del Vasto y de Pescara, que sucedió al príncipe de Orange como jefe del Ejército.

Tras restablecer la autoridad medicea sobre la ciudad, la fracción no licenciada del ejército sitiador invernó en Umbria para marchar la primavera siguiente hacia Módena. Éste fue el primer contingente militar español que recibió el nombre de “Tercio”, formándose en Asís, la patria de San Francisco, el 1 de mayo de 1531, con diez compañías, cuyo mando recayó en el citado maestre de campo Vélez de Guevara.

Sin embargo, el 13 de junio, tras reunirse en Imola con las tropas que venían de restituir los castillos de Milán y Como a Francisco II Sforza, duque de Milán, se produjo la primera reorganización del mismo, quedando sobre el pie de veinticuatro compañías de trescientos infantes cada una y bajo el mando de Rodrigo Machicao, dado que Vélez de Guevara fue llamado urgentemente a Viena por el emperador. El Tercio se alojó sucesivamente en los ducados de Mantua, Módena y Milán hasta que, a primeros de julio de 1532, marchó hacia Viena, nuevamente amenazada por los turcos.

Partió de Casalmaggiore el 10 de julio, llegando por vía terrestre a Hall, junto a Innsburck, el 17 de agosto. Allí se embarcaron en el Inn, que bajaron hasta Braunau, donde hubieron de aguardar el bagaje hasta el 29 de agosto. En Passau tomaron el Danubio, desembarcando en Krems el 3 de septiembre. Los turcos, detenidos casi un mes (5 a 30 de agosto) ante la heroica defensa de Güns (actual Köszeg, Guinzo en español), se hallaban entonces en Mariazell (noventa kilómetros al suroeste de Viena), con la moral debilitada.

Con todo, progresaron hacia el norte por el valle del Salza mientras que el Ejército imperial bajaba a su encuentro por el de Wachau, ambos encabezados por los dos monarcas más poderosos de su tiempo: Carlos V, emperador del Sacro Romano Imperio, y Solimán II el Magnífico, sultán del Imperio otomano.

Sin embargo, la esperada batalla no se produjo. Solimán, informado por sus batidores de la fuerza a la que debía enfrentarse, aunque numéricamente inferior a la suya, “creyó mejor consejo no solo el no proseguir adelante, sino el retirarse” (Muratori, 1827). Así pues, la primera victoria de los tercios se produjo sin combatir, aunque antes hubieron de llegar, cubriendo un millar de kilómetros, y hacerse ver para impresionar.

Sarmiento fue protagonista de aquella “tan señalada victoria —en palabras del emperador— como fue sin calzar espuela ni dar golpe de espada, hacer retirar al Turco con un tan poderoso ejército como tenía” (V. Cadenas, 1982).

Tras el precipitado repliegue turco hacia Belgrado, el emperador retornó a Italia con el Tercio de Machicao y los cuatro regimientos italianos que le habían acompañado, éstos enseguida licenciados. El 1 de noviembre llegaban a Bassano del Grappa, villa de la Serenísma, cuyas tierras debían atravesar para alcanzar Bolonia, donde entraron el 13 de diciembre.

El Tercio de Machicao quedó acuartelado en diversos lugarejos del duque de Ferrara desde la víspera de Navidad, pero el capitán Sarmiento logró una audiencia privada con el Papa, en Bolonia (16 de enero de 1633), obteniendo del pontífice gracias apostólicas para los feligreses de la iglesia de San Esteban de Burgos, donde había sido bautizado.

La bula pontificia, que remitió al párroco y que aún se conserva, aclara que se concedieron a petición de “nostrum dilectus filius Franciscus Sarmiento, miles militiae Sancti Jacobi de Spata” (López Mata, 1946, pág. 41). El 28 de febrero, reunido de nuevo el Tercio en Bolonia, escoltó al emperador en su viaje a Génova, donde embarcaría para regresar a España.

Carlos V retuvo para su viaje diez compañías, que zarparon el 9 de abril, debiendo Machicao conducir las restantes al Reino de Nápoles. Cinco de ellas, a cargo del capitán Rodrigo de Ripalda —que darían lugar al Tercio de Nápoles— marcharon a guarnecer la costa adriática, mientras que las restantes embarcaron el 19 de julio en Gaeta rumbo a Sicilia, isla que se le había señalado como acuartelamiento y que prestaría su nombre al tercio.

En él sirvió Sarmiento un quinquenio, hasta su promoción a maestre de campo (1536), hallándose con sus banderas en el socorro y defensa de Koroni (Corón), en Morea (del 8 de agosto de 1533 al 1 de abril de 1534), incluyendo el ataque y destrucción de Androusa (2 de febrero de 1534); en el asedio y conquista de la Goleta (del 19 de abril al 24 de julio de 1535), batalla de los Pozos del Agua ante Túnez (28 de julio de 1535) y entrada en la plaza, abandonada por Barbarroja (31 de julio de 1535); en la toma de Bizerta (4 de noviembre de 1535), así como en la invasión y asolamiento de la Provenza (del 25 de julio al 26 de octubre de 1536) hasta Marsella (del 2 a 12 de septiembre).

Al regreso de aquella expedición fue nombrado maestre de campo de las seis compañías que habían de escoltar al emperador a España, que zarparon de Génova el 30 de noviembre, y a cuyo regreso debían dirigirse a Florencia para apoyar al contestado duque Alejandro de Medici, cuñado de Carlos V.

Debido a la mala época para las travesías, no pudo hallarse en la ciudad cuando el duque fue asesinado (6 de enero de 1537), alojándose en Fiesole en tanto que el emperador aprobaba la elección de su sucesor, que recayó en Cosme de Medici (1519-1574), hijo del célebre condottiero Juan de la Banda Negra (1498-1526), muerto en combate contra las tropas imperiales.

El 30 de julio, operada su reunión en Prato con las tropas florentinas leales a Cosme, mandadas por Alejandro Vitelli, derrotaron cerca de Montemurlo (1 de agosto de 1537) a la facción republicana que lideraban Felipe Strozzi, Bartolomé Valori y Francisco Albizzi, todos ellos apresados en el castillo del mismo nombre el día siguiente, séptimo aniversario de la anterior derrota republicana.

El emperador escribió una carta de agradecimiento a Sarmiento (20 de agosto), ordenándole permanecer junto a Cosme, a quien dio título de “gobernador de Estado de Florencia” (Monzón, 30 de septiembre de 1537), en cuya capital impuso a un castellano español (Juan de Luna). Finalmente, le reconocería la dignidad ducal en 1543, ya casado con una hija del virrey Pedro de Toledo.

Lograda con la mediación de Paulo III la pacificación de Italia por la Tregua de Niza (18 de junio de 1538), el papa dio también forma a una “liga sacra” que, a petición de los venecianos, había publicado en Roma el 8 de marzo de 1538, invitando a ella a todos los principies cristianos, incluso a Francia, Polonia y Rusia, para combatir el poder naval de los turcos, que el año anterior habían saqueado Otranto, Ugento y Castro en Calabria, llegando a sitiar la isla de Corfú (del 25 de agosto al 17 de septiembre de 1537)

Pese a sus inexpugnables defensas, que abandonaron para despojar a los venecianos de las peor defendidas islas egeas de Syphnos, Aegina, Tynos, Paros y Naxos. Carlos V, hallándose en Génova, dispuso que el Tercio de Juan Vargas, que le había escoltado en Villefranche mientras se negociaba la referida tregua, junto con el de Sarmiento y la coronelía que ordenó levantar a Agostino Spinola partiesen a Sicilia para incorporarse a las fuerzas coaligadas.

Sarmiento zarpó de La Spezia el 24 de junio, reuniéndose en Messina con los anteriormente referidos más el tercio de Diego de Castilla, recién llegado de Nápoles, todos a las órdenes del virrey Hernando de Gonzaga, maestre de campo general de la expedición. Partieron el 27 de agosto y, tras recoger en Taranto al Tercio de Sancho de Alarcón, la armada de Andrea Doria ,compuesta de cincuenta y una galeras, cincuenta naves y tres galeones, pasó al puerto de Corfú, donde halló al resto de las fuerzas coaligadas:

Treinta y seis galeras del papa, cuatro de Malta y sesenta venecianas, más la carraca de la Señoría, el galeón de San Marcos y diez naves donde iba embarcada la coronelía véneta de Valerio Orsini, de dos mil infantes (ASV). Así pues, la fuerza terrestre la Liga la formaban quince mil infantes; de ellos, diez mil españoles, aunque doce mil costeados por el Rey de España. La naval, costeada en sus dos terceras partes por España, consistía en ciento cincuenta y una galeras, setenta naves de carga y cuatro galeones y una carraca.

Aquella flota superaba a la que Barbarroja podía oponerle, anclada en el golfo de Arta, interior, excelente fondeadero, pero la misma ratonera donde siglos atrás Agripa destruyó a la flota de Octavio y Cleopatra (31 a. C.) y donde Hernando de Gonzaga proyectó un ataque parecido. Una espesa niebla impidió consumarlo al alba del 24 de septiembre, pese a lo cual Doria debería haber perseverado en el intento de aniquilar a la armada de Barbarroja, que no podía salir al mar salvo que él mismo se lo permitiera. Incomprensiblemente, ordenó el regreso a Corfú; decisión sobre la cual, inclusas acusaciones y justificaciones, hay tinta abundante en los archivos españoles, vaticano y véneto.

Magra es, en cambio, sobre la pretendida batalla de Prevesa, que sin acuerdo sobre su ubicación espacio- temporal, la historiografía ha elevado al hito que subraya la hegemonía turca en el Mediterráneo hasta la batalla de Lepanto. Entre el 24 y el 28 de septiembre se produjeron cuatro avistamientos entre las armadas cristiana y otomana, cada uno en lugares distintos, pero ningún enfrentamiento que pueda reputarse de algo más que simples refriegas.

Mero espectador de ellos fue Sarmiento, pero no así uno de sus futuros capitanes, Machín de Munguía, que en aguas próximas a Cabo Blanco (Lefkimmi), rezagado en una encalmada con su nave de transporte e insuficientemente artillada, se zafó de siete galeras rivales echando tres a pique y alejando al resto (27 de septiembre). En Corfú afloraron los reproches y disensiones a causa de la ocasión perdida; por ello, la armada cristiana no llegó hasta el 24 de octubre ante Castilnovo (hoy Herceg- Novi, Montenegro), en las bocas de Cattaro (hoy Kotor). El bombardeo de la plaza, por mar y tierra, comenzó el 26, rindiéndose los turcos el 28.

La conquista fue más rápida que el consenso entre españoles y venecianos. Reclamaban éstos, y con razón conforme a las capitulaciones de la Liga, que las ciudades conquistadas que hubieran pertenecido a la Serenísma serían presidiadas por sus tropas, pero Doria —genovés y enemigo de los venecianos, según refieren sus contemporáneos— se opuso a ello.

Finalmente, se refundieron los tercios de Sarmiento y Juan de Vargas, suprimiéndose algunas compañías para “rehinchir” las doce vivas —de trescientos hombres cada una— con lo que la guarnición fue enteramente española, excepto los ochenta y cinco caballos ligeros, todos estradiotes (greco-albaneses).

Castilnovo no era Cattaro, la fortaleza veneciana del extremo sur del mismo golfo, a veinticinco millas, que los turcos nunca lograron someter. Santa Cruz refiere que “estaba muy mal reparado y con muchos padrastros á la redonda” (29 de abril). Pese a la absoluta carencia de suministros, que hubo de procurarse en la inmediaciones, Sarmiento erigió casamatas, levantó bastiones, fabricó minas y “remendó las torres y murallas todo lo mejor que pudo”.

Una obra suya le ha sobrevivido, que hoy llaman ,no del todo apropiadamente castillo de los españoles. Levantó la primitiva torre de la marina por encima de la muralla, de manera que se alzaba lo suficiente, desde el interior de ésta, para que fuese precisa una escala para ingresar dentro. A primeros de año rechazó los primeros ataques de los sanjacos de la periferia y, en junio, sabiendo que Barbarroja subía ya por la costa jónica, comenzó a demandar ayuda con urgencia.

Tres de sus capitanes, Juan Pérez de Zambrana, Luis de Haro y Pedro de Sotomayor fueron enviados a Italia, pero sólo el segundo lograría volver a tiempo con dos naves cargadas de bastimentos. Pedro de Sotomayor, que halló ya bloqueado el puerto por los turcos cuando regresó, portaba la respuesta a la carta que Sarmiento escribiera a Hernando de Gonzaga (20 de junio) reclamándole el cumplimiento de su compromiso de socorrerle a su primer requerimiento.

Lejos estaba el virrey de poderlo cumplir, máxime cuando Venecia había abierto ya negociaciones con Solimán, pero su respuesta —que no pudo entregarse— muy calculada en cada línea, revela que nunca hubo voluntad de socorrer a Castilnovo, ni siquiera de sacar de allí, como se hiciera en Koroni, a aquellos hombres abandonados a su propia suerte. Incluso así, lo que se esperaba de Sarmiento y sus capitanes es “que determinasen lo que más cuadrase al servicio de Su Majestad y sus propias honras, según el tiempo y la necesidad en que se viesen”. Si la honra exigía su sacrificio, su épica y numantina defensa excedió en mucho lo que cabía esperarse.

Ha sido glosada por cronistas, historiadores y poetas (Cetina, Transilo, etc.), para que sea preciso evocarla aquí. Sitiada desde el 12 de julio, tras rechazar cuatro asaltos (24 y 25 de julio; 4 y 5 de agosto), hasta el 6 no lograrían entrar los turcos, peleándose casa por casa. Sarmiento fue a morir precisamente al pie de la torre de la marina que él mismo había elevado, al atardecer del mismo día. Ya estaba herido cuando le lanzaron una cuerda para izarle adentro, pero la rechazó y seguido por el puñado de hombres que habían defendido el castillo alto, prefirió revolverse contra sus perseguidores. Debió de quedar tan desfigurado que no pudo identificarse su cadáver.

Aquella misma noche, a las 4 de la mañana de lluvioso 7 de agosto, se rindieron a Barbarroja los últimos defensores del fuerte de la marina, o de los españoles, que se había convertido en hospital de sangre y refugio de las mujeres y niños.

Su sobrino Luis de Mendoza, que fuera su alférez en Koroni y Túnez, y capitán en su tercio desde 1536, así como su cuñado, Vespasiano de Cotannes, perecieron con él en aquella titánica y desigual defensa.

La malhadada ventura de Francisco Sarmiento parece haberse proyectado sobre su mujer e hijos. El mayor, Garci (c. 1525-1526), con catorce años cumplidos y muerto el padre, sucedió a aquél en la alcaidía de Santa María, por gracia del emperador. A los veintidós murió con la espada en la mano, como su padre y su tío homónimo, el que había rendido la suya, y a la misma edad, en Djerba.

El benjamín, Antonio (c. 1528-1529), también seguiría los pasos de su tío, padre y hermano; como ellos, murió joven peleando contra los turcos. Cuando cumplió los dieciocho de edad (1546), ingresó en la Orden jerosolimitana (exp. 23.183) y partió a Malta para servir el trienio obligatorio de servicios en las caravanas (galeras) de la Orden, tras cruzarse en ella el 23 de mayo del año siguiente.

No volvería a España, pues murió en 1551, apurando el pesar de su madre María de Cottanes, que falleció transida por el dolor en 1554, sin llegar a cumplir los cincuenta y dos de vida. Sobre Francisca (c. 1526-1528), la única hija, “monja profesa en el monasterio de Santa María la Real de las Huelgas, orden de San Bernardo, de Burgos”, enseguida recayeron como única heredera de sus padres y hermanos, las reclamaciones por las deudas contraídas por aquéllos en sus breves años de servicio, que también habían abrumado a su madre.

Para satisfacerlas, así como el alto coste de su retiro conventual, hubo de vender la casa familiar —no la solariega de los Sarmiento en la colación de San Esteban, ampliada por su abuelo en 1516 y heredada por su tío Luis, el embajador y mayorazgo—, sino la que su padre había levantado en su etapa de regidor y cuya portada, que se ha preservado, se exhibe en el claustro del Convento de San Juan, en Burgos.

Máximo González Palacios Franco

Fuentes y bibliografía.:
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Juan Luis Sánchez Martín.Real Academia de la Historia.José Ferré Clauzel