Los Presidios Españoles de la Frontera del Virreinato – Los Dragones de Cuera.

Presidios Españoles en la Frontera del Virreinato – Los Dragones de Cuera.

Los Dragones eran unidades de caballería, que además combatían muy bien a pie, podían hacer cualquiera de las dos cosas y por eso los terminaron llamando Dragones.

Se extendieron por toda la frontera: Tejas, Nuevo México, Alta California, Lousiana, Baja California, hasta Florida.

Es muy curioso que en su momento de mayor esplendor solamente fueron 1500 unidades y tenían que defender una frontera de 6.000 km.

También era bastante curiosa su vestimenta. Los colores que tenían estos dragones de Cuera y las armas que podían utilizar, incluso el nombre dragón de Cuera viene precisamente de esa vestimenta. Era muy particular sobre todo con los colores rojos y azules sobre los que destacaba un sombrero que les hacía muy reconocibles. También destacaba una especie de coraza de cuero que llevaban. Pero sin duda, lo más representativo era ese sombrero de picador.

En el servicio tenían una serie de condiciones que tenían que cumplir. Entre ellas estaban la de completar un ciclo de 10 años como mínimo. Además, todos los “Dragones de Cuera” eran voluntarios. Y la más importante: debían tener honor. Y tan importante era el honor que lo llevaban en una inscripción en sus espadas que decía: “No me saques sin razón. No me envaines sin honor”.

Estos bastiones se constituyeron durante la época virreinal en instrumento no solo de pacificación del territorio de su emplazamiento en una línea defensiva, sino en una estrategia para poblar los inmensos dominios semidesérticos del imperio español en el norte del virreinato.

Al inicio del siglo XVIII existían en la región norte de la Nueva España cuatro jurisdicciones de gobernador: Nuevo México, Nueva Vizcaya, Coahuila y el Nuevo Reino de León. La estabilidad de los nuevos asentamientos encontraba diversos inconvenientes, a los aspectos físicos, geográficos y climatológicos, se agregaba el ambiente de inseguridad propiciado por la llamada “guerra chichimeca”.

La invasión de sus territorios, la resistencia a someterse al dominio hispano, la dura vida en las congregas, su captura y explotación como esclavos pese a estar eliminada por la Corona de las practicas de conquista, entre otras razones, alentó frecuentes rebeliones de los indígenas o bien, aspiración a la supervivencia los mantuvo al acecho de haciendas y del tránsito de mercancías por sus tierras.

Debido a esta situación, las autoridades coloniales instauraron en la zona el sistema de presidios como lo había practicado desde el siglo XVI en el norte de a África contra los musulmanes. Esta medida dictada por el virrey Enríquez de Almanza, quien gobernó de 1568 a 1580, buscaba garantizar la seguridad de las rutas de misioneros, movimientos comerciales y comunicaciones de las poblaciones españolas con la frontera norteña.

Para ello dispuso la construcción de fortificaciones guarnecidas por soldados veteranos que se opusieran como barrera defensiva contra la incursión de los indios “barbaros”.

Los presidios generalmente consistían en baluartes en forma cuadrada o rectangular con muros de piedra o adobe (o una combinación de ambos). Siendo de unos 120 metros por lado y diez metros de altura, en algunos casos con pequeños salientes o torreones en sus esquinas para proteger sus flancos.

En su interior se abrió suficiente espacio para albergar caballada, almacén real, capilla y casas para oficiales, soldados y sus familias, formándose a sus alrededores un conglomerado de comerciantes, artesanos y algunos pobladores dedicados a la agricultura que dio origen al binomio presidio-villa. Bajo este concepto nacieron los presidios de Cerralvo y Cadereyta, villas fundadas por el gobernador Martin de Zavala en 1626 y 1637.

A raíz de una extensa rebelión de los indios amapoalas, icauras, ayancuaras y guaracatas que estuvieron por acabar con ambas villas entre 1650 y 1651, el gobernador solicito al monarca español, por conducto del virrey conde Alba de Liste, su establecimiento.

Autorizados el 14 de Junio de 1652, estos fueron sostenidos directamente por el soberano a través de los oficiales reales de Zacatecas, el primero con ocho soldados y el segundo con doce, con sus respectivos capitanes. Ambos puestos resultaron vitales para la seguridad y conservación del reino, así como para la guarda y custodia de la frontera de la Nueva España por ser los indios que habitaban la comarca, especialmente los de las naciones de la Nueva Vizcaya, “muy belicosos y atrevidos”.

Garantizaron el tránsito de los mercaderes desde la ciudad de México, el transporte de grandes cantidades de plomo que salían del reino a los reales, de minas de Zacatecas y Sombrerete en sustitución de azogue para la producción de plata, así como la crianza de ganado que las haciendas de ovejas de la Nueva España enviaban a “agostar” a estas tierras.

Por ello, Zavala consideraba que los presidios evitaron no solo la ruina del reino, sino de toda la Nueva España al frenar que “se desatasen los belicosos y mal inclinados bárbaros como una impetuosa avenida”.

Un testigo reconocía que “mediante la buena custodia que hacen de noche y de día no se atreven los muchos indios a que hay en sus contornos a hacer invasiones”.

El marqués de Mancera disponía en 1664 que los presidiales fueran “bien disciplinados en las materias militares”. El caso de Juan de Estrada, designado alférez en el presidio de la villa de Cadereyta, es ilustrativo de estas cualidades.

Fue de los primeros pobladores de la villa, había participado como soldado en todas las acciones de guerra, concurrido a las “entradas” realizadas por el capitán Alonso de León y servido en el puesto de San Juan de Ulúa. El mismo De León ocupo más de nueve años el cargo de capitán de dicho presidio “y estos servicios están declarados por Su Majestad por de guerra viva”.

Zavala, quien falleció en 1664, pidió al monarca a través de su testamento seguir sosteniendo los dos presidios. Estos continuaron al encargarse de proteger las misiones franciscanas ubicadas años mas tarde en sus alrededores.

De esta forma el de Cerralvo custodiaba anualmente con doce hombres y dos más de cada estancia el área de San Antonio de los Llanos y comarcas aledañas en resguardo de la riqueza ganadera y protección de la villa de Linares asediada por los indios entre 1673 y 1689. A esto vino a añadirse en 1701 le presidio de San Pedro de la Boca de Leones por orden del virrey debido al flujo de poblaciones atraída por la bonanza minera descubierta en la zona.

Su compañía volante de treinta hombres actuaba en combinación con los soldados del presidio de Santiago de la Monclova, fundado en 1689, en la defensa de las nuevas misiones en Coahuila y la protección del camino hacia Texas, amenazado por los franceses. Esta necesaria movilidad de los soldados inclino la preponderancia hacia las milicias y fue uno de los factores que hizo disminuir la dotación de los presidios. Por ejemplo, en el presidio de Cadereyta había en 1724 solo 8 de las doce plazas con que se creó.

Bastión de Corruptelas.
Para ese entonces estaban emplazados en la Nueva España veinticinco presidios desde Santa Fe en Nuevo México hasta La Bahía, en Texas, con un total de 905 hombres que costaban a la real hacienda cerca de medio millón de pesos. De estos, diez mil quinientos anuales implicaban sostener los de Cerralvo y Cadereyta, aparte del destacamento establecido en Monterrey.

Pedro de Rivera, brigadier de los ejércitos reales, al inspeccionar los presidios del norte de la Nueva España, incluyendo los del Nuevo Reino de León, a donde llego en 1724, advirtió la omisión de disposiciones oficiales. Los presidios no carecían de dinero, la capitanía general puso especial cuidado en el envió de subsidios, comestibles, pólvora y armas, así como de los sueldos a través de las cajas reales; el problema era la corrupción de sus comandantes.

A raíz de su reporte el virrey Juan de Acuña marques de la Casa Fuerte, emitió en 1729 un reglamento tratando con poco éxito de acabar esta situación.

Fuera de la “línea”.
El fin de la Guerra de los Siete Años en 1764 que situó a Inglaterra frente a España en la disputa por la hegemonía de los dominios americanos, obligo a la Corona a robustecer las defensas de sus territorios más septentrionales.
Instruido en agosto de 1765, el marqués de Rubí salió con los ingenieros Nicolás de Lafora y José de Urrutia, reconocido cartógrafo, a inspeccionar y poner en estado defensivo los presidios.

Luego de recorrer desde el golfo de California a Luisiana, en su camino de regreso de San Antonio de Bejar llegaron al Nuevo Reino de León donde, al prescindir de la utilidad meramente legal que tenían, decidieron eliminar los presidios de Cerralvo y Cadereyta dejando mejor fortificada Monterrey. Rubí justificaba la extinción de las incursiones de los barbaros que desde la mesa de Catujanos se introducían hasta los parajes de Rinconada y Los Muertos por la sierra de Baluarte, Candela, Punta de Lampazos y la cordillera que dividía la provincia de Lampazos con Coahuila.

“El Nuevo Reino de León se halla bien desembarazado de enemigos –escribió el virrey-. Hoy se vive con la mayor tranquilidad en este país”. Pero la razón principal respondió al nuevo entorno geoestratégico de los imperios enemigos. La adquisición de la Luisiana francesa traslado la amenaza de los colonizadores ingleses estaba más cerca. Cadereyta y Cerralvo quedaban comprendidos en la latitud 26 que desde San Juan Bautista del Rio Grande seguía al sureste hasta Santander, la cual Rubí sugirió abandonar para subir la línea de defensa a la latitud 30 hasta la desembocadura del rio Guadalupe.

“Esta provincia –añadía- no necesita ya mas resguardo que el que se le ha prevenido en la defensa del rio del Norte, mucho más avanzado”.
Con la supresión de los presidios texanos de Adáis y Amarillos, la seguridad de las poblaciones de Coahuila, Nuevo Reino de León y Santander quedaba a cargo del presidio de San Antonio de Bejar.

Por ello debía ser reforzado su villa con población y el presidio con plazas de elementos sobrantes de San Sabá, la totalidad del presidio de Adáis y la compañía de Orcoquizac, además de un destacamento de veinte hombres al mando de un oficial pagados por las cajas reales de San Luis Potosí.
A ello se sumaba el adelanto del presidio de San Juan Bautista del Rio Grande, a orillas del Bravo, para acortar distancia con San Antonio.

Con estos informes el Rey Carlos III dispuso en 1772 un cordón defensivo a lo largo de la frontera con quince presidios comunicados entre sí, ubicados a distancias iguales, cuarenta leguas uno de otro, en los mismos treinta grados de la latitud norte usando el rio Bravo como lindero. A la vez, el gobernador del reino realizo en 1773 las reformas en la compañía de caballería del presidio de Monterrey y observo el establecimiento de salvaguardas en las misiones de su distrito.

La nueva distribución de los presidios contribuyo de alguna manera a liberar un amplio territorio sobre el que se establecieron nuevas poblaciones en el reino y facilito la colonización del valle bajo del rio Bravo, es decir, el Nuevo Santander. Además amplio las rutas desde Querétaro hacia las nuevas misiones del Nuevo Reino de León hasta el Rio Grande y, por el oriente, hacia las villas de Nuevo Santander.

Sin embargo no fue suficiente para desalentar los ataques de los indios en estas provincias ni el establecimiento en 1776 de la Comandancia General de las Provincias Internas del Norte que reforzó la presencia de los presidios por medio de compañías volantes den sitios como la punta de Lampazos, solicitada en 1782.

La cuestión de los indios no tenía para las autoridades más que dos salidas. El informe que el juez de residencia Diego José de Serrano escribió en 1796 al primer ministro Manuel Godoy sobre la pérdida de vidas y haciendas en el Nuevo Reino de León, es significativamente de este pensamiento:

“Se apoderaran de Nueva España si alargando la vista a lo posible no se ocurre a su rendición o exterminio.

Estos habitantes de la zona desértica y montañosa de la región norte estaban criados bajo el constante peligro de los indios, expuestos al extremoso clima y acostumbrados a grandes jornadas y fatigas, aspectos fundamentales para el combate y la supervivencia. Eran excelentes tiradores y jinetes en desiertos y veredas “que nadie entiende ni conoce como ellos”.

Extraordinariamente sobrios, en su caballo llevaban consigo las provisiones necesarias para no morir de hambre en la excursión, pero cuando las agotaban eran buenos cazadores. Cautos contra toda asechanza, sabían distinguir toda clase de huellas y los días de su impresión, las señas y humaredas que servían de medios de inteligencia a los indios, las señales del tiempo, el cambio de temperatura y horas de la noche por el curso de las estrellas. Además del valor, pericia militar, actitud y honor, el reglamento de 1772 señalaba para el caso de los sargentos “que sepan leer y escribir”.

Uniforme.
Constaba de una chupa corte de tripe o paño azul con una pequeña vuelta y collarín encarnado, calzón de tripe azul, capa de paño del mismo color, cartuchera, cuera que contaba con siete capas de gamuza cosidas muy resistentes a las flechas de los indios, aparte de facilitarles sus movimientos. Además, bandoleras de gamuza y en ella bordado el nombre del presidio para distinguirse unos de otros, corbatín negro, sombrero, zapatos y botines.

Armamento.
Durante el siglo XVIII y parte del siglo XIX utilizaron escopetas, espadas anchas de caballería, lanzas, adargas (un escudo en forma de dos círculos traslapados fabricado de piel) pistola con sus correspondiente repuesto; además debía contar con seis caballos y una mula de plaza, silla de vaqueta. Siendo un equipo muy pesado, posteriormente usaron fusil o carabina, sable, pero no pistola y tampoco lanza que resultaba embarazosa en bosques y chaparrales.

Máximo González Palacios Franco