El Caudillo Almanzor

Muḥammad b. Abī ‘Āmir al Ma‘āfirī, al-Mansūr bi-llāh.
Torrox (distrito de Algeciras), 326 H./938 C. – Medinaceli (Soria), noche del 27 a 28 de ramadán de 392 H./9-10 de agosto de 1002 C. Chambelán (ḥāŷib) del califa cordobés Hišām II y gobernante y señor absoluto de al-Andalus entre los años 371/981-392/1002.

Pertenecía a una familia árabe de preclaro linaje de la tribu yemení de Ma‘āfir, descendía por línea directa de un antepasado, Abū ‘āmir Muḥammad b. al-Walīd, que había participado junto a Ṭāriq b. Ziyād en la conquista de Hispania; distinguiéndose en la toma de Carteya en el año 92/711, se le concedieron tierras en Torrox, sobre el Guadiaro, al noroeste de Algeciras. Estos bienes patrimoniales los conservaba aún la familia en tiempos de Almanzor.

Su padre, Abū Hafs ‘Abd Allāh b. Abī ‘Āmir, alcanzó cierta notoriedad como transmisor de tradiciones musulmanas, era hombre piadoso que vivía de la renta de sus tierras; murió en Trípoli, a fines del califato de ‘Abd al-Raḥmān III cuando volvía de la peregrinación de la Meca. En cuanto a la madre de Almanzor, Burayha bint Yaḥyà b. Zakariyyā’ al-Tamīmī, cuyo padre era conocido como Ibn Bartāl, se sabe que era asimismo de origen árabe de buen linaje.

Almanzor, siguiendo los pasos de su padre, salió muy joven de su casa solariega y se encaminó a Córdoba a fin de hacer sus estudios. En la capital aprendió tradiciones proféticas y jurisprudencia con Abū Bakr Muḥammad b. Mu‘āwiya al-Qurašī, y lengua árabe y literatura con dos prestigiosos maestros, el gramático bagdadí Abū ‘AlĪ al-Qālī, venido a al-Andalus a instancias del califa al-Ḥakam II, y Abū Bakr b. al-Qutiyya. Tras ocupar un tiempo el humilde puesto de escribiente junto a la gran mezquita, comenzó su carrera política al servicio del cadí de Córdoba, Muḥammad b. Salīm, que lo presentó al visir del califa al-Ḥakam II que era por entonces, Ŷa‘far b. ‘Uðman al-Muṣḥafī, quien lo introdujo en la Corte califal.

El 9 de rAbī‘I de 356/3 de marzo de 967, con menos de treinta años, Almanzor se convirtió en intendente del primer hijo de la princesa madre, la vascona Şubḥ (Aurora), favorita del califa al-Ḥakam II y madre del futuro califa Hišām II, ocupándose de sus bienes y hacienda. Hábilmente Almanzor supo captar la simpatía y el apoyo de tan encumbrada señora, según algunos mediante costosos regalos, y según otros con su encanto personal, parece que llegaron a ser amantes, si no entonces, luego de la muerte del Califa, circunstancia a la que debería su fulgurante carrera.

Efectivamente, enseguida fue nombrado director de la ceca, y siete meses después tesorero y curador de las sucesiones; poco más tarde recibió el nombramiento de cadí de la circunscripción judicial de Sevilla y Niebla. Por último, el 4 de ramadán de 359/11 de junio de 970, a la muerte del príncipe ‘Abd al-Raḥmān, se le encargó la administración de los bienes del príncipe heredero Hišām, hermano del difunto. Una denuncia puso en peligro tan brillante carrera. Acusado de dilapidar fondos públicos el Califa ordenó una investigación en las cuentas; pero gracias a la ayuda de su amigo, el visir Ibn Huḏayr, pudo reponer el dinero faltante y salir bien librado del apuro. Eso le permitió continuar su ascensión, siendo nombrado jefe de la policía media en el año 361/972.

En esta época se construyó una mansión en la Ruṣāfa y se dedicó firmemente a hacerse popular entre los cordobeses, manteniendo mesa puesta para todo el mundo. El hecho de haber sido enviado como inspector de finanzas, a fin de verificar las sumas gastadas para captar rebeldes y comprar voluntades junto al general Gālib, comandante de la Frontera Media —cuando éste fue enviado a Marruecos para dirigir una expedición de castigo contra los príncipes idrīsíes— permitió a Almanzor anudar sólidas relaciones con el Ejército.

A la muerte de al-Ḥakam II (366/976), tras una larga enfermedad, se abre un nuevo período. El Califa había designado para sucederle a su hijo Hišām II, que tenía por entonces once años, bajo la tutela del visir al-Muṣḥafī. Por su parte, el partido de los esclavones palatinos (şaqāliba) quería nombrar al tío del heredero presunto, al-Mugīra. En esos momentos de inestabilidad política Almanzor desempeñó un papel de la máxima importancia: por un lado, se encargó de neutralizar al aspirante a califa y acabar con sus veleidades, asegurándose el apoyo de Şubḥ, al-Sayyida al-Kubrà, “la gran princesa” que le ayudaría monetariamente y le procuraría el apoyo de las tropas merced a su influencia; por otro lado, su vinculación con el visir al-Muṣḥafī dio nuevos vuelos a su ambición, ya que a partir de ahí ocuparía los más altos puestos del Estado.

No le salió gratis. Debió ocuparse, contra su voluntad, de asesinar a al-Mugīra, hermano menor de al-Ḥakam II, al que la guardia esclavona quería elevar al califato. Tras el asesinato de su candidato, los esclavones se adhirieron a la causa de los dos hombres fuertes del régimen, perdiendo el partido esclavón la influencia política que había tenido durante los reinados de ‘Abd al-Raḥmān III y de al-Ḥakam II. El propio Almanzor fue el encargado de redactar el acta de investidura (bay‘a) del nuevo soberano, que se produjo dos días después de la muerte de su padre (11 de muḥarram de 366/10 de septiembre de 976) en una ceremonia que duró varios días, a causa de las personalidades que le juraron fidelidad.

El nuevo califa, Hišām [II] al-Mu’ayyad bi-llāh, (El que recibe la asistencia victoriosa de Allah), poco tiempo después nombró chambelán (ḥāŷib) a al-Muṣḥafī y Almanzor ocupó el puesto de visir dejado por su aliado. Las primeras medidas de al-Muṣḥafī y de Almanzor fueron de tipo populista; hubo una remisión de impuestos y se derogó el más impopular de ellos: el que gravaba el aceite.

Poco después comenzaron las célebres campañas de Almanzor, cincuenta y dos en total perfectamente datadas (cincuenta y seis según otra fuente) contra los cristianos del norte peninsular, primero como caíd y después como ḥāŷib, lo cual daría a al-Andalus el momento de mayor seguridad militar de toda su historia y al ḥāŷib fama de invencible. Efectivamente en el año 366/977 Ibn Abī ‘Āmir fue a contener un ataque cristiano y conquistó los arrabales de al-Ḥamma (baños de Ledesma, provincia de Salamanca).

La expedición no tuvo apenas importancia, pero el asunto hábilmente explotado le sirvió para aumentar su prestigio y ganarse las simpatías del ejército, sobre todo las del comandante en jefe de la Frontera Media, Gālib, que no tardó en recibir el título de ďū-l-wizaratayn (el poseedor de los dos visiratos). Mientras, la popularidad de al-Muṣḥafī declinaba a causa de su nepotismo y de su falta de visión política. Ibn Abī ‘Āmir, se hizo nombrar ṣāŷib al-madīna (gobernador de la capital cordobesa), cargo que hasta entonces desempeñaba Muḥammad, un hijo de al-Muṣḥafī.

El nuevo gobernador reestableció la seguridad en Córdoba, donde los atentados y los robos nocturnos eran frecuentes, imponiendo un orden estricto. Poco después Ibn Abī ‘Āmir a comienzos del año 367/978 obtuvo del general Gālib la mano de su hija Asma’, de la que Almanzor nunca se separaría, ya que era mujer culta y particularmente inteligente. Contando con el apoyo incondicional del viejo general y suegro, hizo prisionero a al-Muṣḥafī, acusándolo de malversación, y confiscó sus bienes; años más tarde, en 372/982, lo hizo asesinar en prisión. Cuando acabó con el chambelán, no tenía ya poder alguno. Ibn Abī ‘Āmir, como recoge el cronista Ibn ‘Iďārī, “gobernaba la corte mediante su mandato de policía, el ejército mediante su generalato, y el palacio gracias al favor de que gozaba en el harén”. Después se deshizo del jefe militar de su caballería mandándolo matar, acto seguido se proclamó ḥāŷib, chambelán.

Ibn Abī ‘Āmir era ya el verdadero señor de al-Andalus, sólo le quedaba acabar con el general Gālib para que su poder fuera absoluto. Al año siguiente de la caída de al-Muṣḥafī, o sea, el año 368/979, una conjura estuvo a punto de derribar al joven califa Hišām II, los conjurados querían sustituirlo por otro nieto de ‘Abd al-Raḥmān III, llamado ‘Abd al-Raḥmān b. ‘Ubayd Allāh.

En la conjura estaba complicado, amén de una serie de dignatarios, el propio gobernador de la capital Ziyād b. Aflaḥ, quien al fracasar la tentativa de asesinar a Hišām II en el propio alcázar de Córdoba, metió a todos los conjurados en la cárcel, a fin de salvar su cabeza. Ibn Abī ‘Āmir los hizo condenar a muerte, y en eso no influyó sólo la razón de Estado, también quiso congraciarse con los alfaquíes de Córdoba, ya que alguno de los conjurados tenía ideas heterodoxas de tipo mu‘tazilĪ. Trató de ganarse a la plebe urbana exteriorizando su piedad, llegando a copiar por su propia mano un ejemplar del Corán, con el propósito de llevarlo en sus expediciones.

Fue también en esta época cuando mandó expurgar la célebre biblioteca califal. Nada mejor que reproducir en este caso lo que dice Sā‘id al-Andalusí: “La primera acción de dominio sobre Hišām II fue dirigirse a las bibliotecas de su padre al-Ḥakam II, que contenían colecciones de libros famosos […] e hizo sacar todas las clases de obras que allí había en presencia de los teólogos de su círculo íntimo, y les ordenó entresacar la totalidad de los libros de ciencias antiguas, que trataban de lógica, astronomía y otras ciencias, cultivadas por los antiguos, a excepción de los libros de medicina y aritmética.

Una vez que se hubieron separado […] Abū ‘Āmir ordenó quemarlos y destruirlos. Algunos fueron quemados; otros fueron arrojados a los pozos del alcázar, y se echó sobre ellos tierra y piedras, o fueron destruidos de cualquier otra manera. Abū ‘Āmir hizo eso para granjearse el afecto de la plebe de al-Andalus […] entonces esas ciencias eran mal vistas y […] cualquiera que las estudiaba era sospechoso de herejía y presunto heterodoxo en relación con la ley islámica (Šarī‘a)”. Con esta medida trató de congraciarse con los ulemas y el pueblo. En todo caso, como advierte el historiador Lévi-Provençal, la conjura legitimista, sofocada a tiempo, y la corriente de puritanismo que se había apoderado de la capital revelaban la existencia de un partido de oposición.

Durante mucho tiempo el todopoderoso chambelán tuvo pruebas de que se continuaba murmurando acerca de los escándalos de la Corte, de la conducta irregular de la princesa Şubḥ —a la que suponían embarazada por él— y de las costumbres contra natura del gran cadí Muhammad b. al-Salīm, que seguía en funciones a pesar de su incapacidad. Hacía ya varios meses que Ibn Abī ‘Āmir había abandonado la mansión de al-Ruşāfa por otra almunia más amplia y lujosa, que se había hecho construir cerca de Madīnat al-Zahrā’ y a la que había denominado al-‘āmiriyya, derivada de su propio nombre. Pese a que por entonces Almanzor todavía ocultaba su juego y respetaba en apariencia la ficción de la autoridad absoluta del Califa, las relaciones con Şubḥ se fueron enfriando al ver ésta cómo mermaba paulatinamente el poder de su hijo.

Almanzor para librarse de la princesa madre y del Califa edificó una nueva ciudad administrativa a la que, parafraseando el nombre de la ciudad de ‘Abd al-Raḥmān III, llamó al-Madīna al-Zāhira, la ciudad resplandeciente, cuya construcción comenzó en 368/978 y concluyó en 370/980. La ciudad estaba emplazada al lado del río Guadalquivir, aguas arriba de la capital cordobesa hacia el este y en la misma orilla del río.

En el interior de la ciudad erigió un fastuoso palacio, desde donde Almanzor regiría al-Andalus como soberano absoluto; levantó casas para sus hijos y para los principales dignatarios de su séquito, así como viviendas y locales para las oficinas de la cancillería y para el personal, además de cuarteles y caballerizas para la guardia y vastos almacenes para depositar armas y grano.

Pronto, al decir de Ibn Jāqān, la ciudad se salió de sus primitivos límites, se construyeron mercados y las gentes vinieron a habitar en ella o en sus inmediaciones, de tal manera que los arrabales de la nueva ciudad no tardaron en enlazar con los de Córdoba. Ibn Abī ‘Āmir se instaló en al-Zāhira en el año 370/981, transfiriendo todo el aparato estatal de Madīnat al-Zahrā’ a su nueva residencia, obteniendo del califa una “delegación de todas sus funciones, a fin de consagrarse a ejercicios de piedad”.

Esta delegación procuró al ḥāŷib la cobertura legal para su autoridad, y a la vez le dio la oportunidad de mantener recluido al califa en su palacio. A partir de ese momento Almanzor asumirá la dirección del Estado, dispondrá a su antojo del presupuesto, centralizará los ingresos, ordenará los gastos y organizará las aceifas, sin someterse ya a la aprobación puramente formal del Califa.

Se puede decir que desde el año 981 al 1002 Almanzor se conducirá como el verdadero soberano de al-Andalus. Durante esos veinte años atacará a los diferentes reinos cristianos. El único que se opuso al poder alcanzado por Almanzor y a transigir con el cautiverio del Califa, fue el general Gālib, muy afecto a la casa omeya por los altos puestos a él confiados y por los vínculos de clientela. Este aliado de otrora, que le había dado la mano de su hija y le había ayudado a conseguir sus objetivos políticos y militares, se enfrentó a Almanzor con sus tropas y con las fuerzas del príncipe Ramiro, hijo de Sancho II Abarca, rey de Pamplona, así como con los hombres del conde de Castilla, Garci Fernández.

Almanzor asistido por tropas beréberes, conducidas por el general Ŷa‘far b. ‘Alī b. Hamdūn se enfrentó con Gālib y sus aliados cerca de Atienza, siendo éstos derrotados. El general Gālib, octogenario ya, murió en Torre Vicente el 4 de muḥarram de 371/10 de junio de 981. En seguida Ibn Abī ‘Āmir, explotando el éxito acaecido en la frontera, envió tropas contra los dominios del conde castellano y contra el Reino de León. La fortaleza de Zamora opuso a los asaltantes una eficaz resistencia, pero la ciudad propiamente dicha fue saqueada y sus aldeas, iglesias y monasterios limítrofes pillados e incendiados; no menos de cuatro mil cautivos fueron llevados a Córdoba.

Tras estas victorias del año 371/981 fue cuando Ibn Abī ‘Āmir adoptó el sobrenombre honorífico de al-Manṣūr bi-llāh, “el vencedor por Dios”, y por el que en adelante sería conocido en las crónicas cristianas en la forma romanceada de Almanzor. Se impuso entonces en la Corte el tratamiento de “señor” (mawlà), aunque es posible que este título lo tomara al aposentarse en el palacio de al-Zāhira.

A partir de esa fecha, Almanzor pudo dedicarse a hacer la guerra contra los cristianos del norte de la península, como jamás antes se había visto. Las más importantes de sus campañas fueron, además de la de Zamora en 981, Simancas en 983, Sepúlveda en 984, Barcelona en 985, Coimbra en 987, León en 988, Clunia en 994, Santiago en 997, Cervera en el año 1000, etc.

Estas campañas dañaron fuertemente la labor repobladora de la llamada Extremadura duriense, llevada a cabo principalmente en el siglo IX, y pararon “toda reconquista”. Peor parada quedó si cabe la situación de los estados orientales peninsulares, puesto que carecían de “frontera”. El poder de Almanzor fue tan grande en la Península que llegó a convertirse en el magnate de ella, tanto que los reyes cristianos —Sancho II Garcés Abarca de Navarra y Bermudo II de León— le prestaron obediencia.

Hasta entonces las campañas musulmanas contra territorio cristiano no habían sido sino respuesta a ataques cristianos previos. Como señala P. Chalmeta, habían sido relativamente benignas y no habían causado ni demasiados estragos ni muertes. El peligro de estas expediciones no pasaba de las tierras fronterizas y no tocaba a la mayoría de la población. Los ataques de Almanzor no constituían represalias, sino ataques imprevisibles, llevados a cabo de forma continuada y con dureza inusitada, dejando una estela de destrucción, de muerte y de odio.

Los musulmanes con los cuales se las tenían que ver los cristianos no eran propiamente andalusíes, sino beréberes extranjeros, lo cual daría lugar al crecimiento de una solidaridad defensiva entre los reinos cristianos contra el enemigo común. A la caída de los amiríes, el rencor acumulado entre los cristianos por las cincuenta y dos expediciones de Almanzor (y las posteriores de su hijo al-Muẓaffar) llevaron a la convicción a no pocos cristianos de que había que terminar con un adversario que no se mostraba en modo alguno tan eficaz y ofensivo como antes, y conociendo como conocían las rutas y las debilidades del califato cordobés, por haber servido muchos de ellos como mercenarios en las campañas amiríes, era sólo cuestión de relanzar la Reconquista.

Almanzor resultó invencible en buena medida gracias a sus reformas militares, basadas esencialmente en la intensificación de la recluta de mercenarios, en especial beréberes. Con ello conseguía un doble objetivo: sus oponentes políticos fueron paulatinamente alejados de los puestos en el Ejército, dejándolos sin fuerza efectiva; por otro lado, no siendo los mercenarios fieles más que al señor que les pagaba, Almanzor pudo prescindir de las tropas andalusíes y tener a su disposición así un efectivo aparato de represión para el interior y un instrumento ofensivo de calidad para el exterior. El ḥāŷib había eximido a los andalusíes de la prestación del servicio militar por un impuesto especial (fidā’) para pagar soldados profesionales, aunque eso, entre otros males que él no podía entonces prever, lo hizo entrar en una espiral de recluta de hombres y de búsqueda de recursos para pagarlos imposible de romper.

Tener un Ejército dispuesto las veinticuatro horas tenía sus ventajas y también sus inconvenientes: el empobrecimiento de la población andalusí por los pesados impuestos para mantener ese Ejército profesional, así como la pronta pérdida de las virtudes militares de la población por la falta de entrenamiento, y a la larga, su indiferencia por las cuestiones públicas y de gobierno.

En medio de estos triunfos, en el año 379/389, Almanzor tuvo que hacer frente a una conspiración organizada por un lejano descendiente de al-Ḥakam I, ‘Abd Allāh b. ‘Abd al-‘Azīz al-Marwānī, conocido por “Piedra Seca”, gobernador de Toledo y ‘Abd al-Raḥmān b. al-Muţarrif, general de la Marca Superior, quienes prometieron al propio hijo de Almanzor, el veinteañero ‘Abd Allāh, que una vez derribado su padre él ocuparía su puesto. Descubierta la conjuración, ‘Abd Allāh se refugió en Castilla con Garci Fernández, quien al verse amenazado se lo entregó a su padre, el cual no dudó en decapitarlo en el año 380/990 y enviar su cabeza al califa Hišām II con el parte de las victorias allende el Duero.

En cuanto a ‘Abd al- Raḥmān al-Muţarrif, fue ejecutado en al-Zāhira ante Almanzor. Piedra Seca salvó la vida porque quizá el amirí, acordándose del omeya al-Mugīra, otrora asesinado por su orden, no quiso tener otra experiencia parecida ni acrecentar el odio de los marwāníes.

En el año 381/991 el dictador concedió a su hijo ‘Abd al-Malik el título de ḥāŷib y nombró visir a su hijo ‘Abd al-Raḥmān, guardando para sí el título de al-Manşūr b. Abī ‘Āmir en los escritos oficiales, y en 386/996 el uso de los títulos de sayyid, señor y malik karīm, noble rey. Almanzor no desatendió la zona de influencia andalusí en el Magreb, siguió la política de ‘Abd al-Raḥmān III y al-Ḥakam II; pero intentando siempre obtener la sumisión de los notables del otro lado del estrecho más por medios pacíficos que buscando el enfrentamiento, aunque no se vio libre de realizar algunas campañas militares en momentos de peligro:

Cuando el pro-fatimí Buluggīn b. Zīrī llegó en 980 hasta las puertas de Ceuta, ciudad ésta perteneciente al dominio andalusí; o cuando la sublevación de Hasan b. Gannūn en 985 (que fue finalmente ejecutado por orden de Almanzor, pese a la palabra dada por su primo Ibn ‘Asqalāųa, cosa que provocó no poco descontento en la zona); la rebelión de Zīrī b. ‘Aţiyya en 998, para la cual fue enviado ‘Abd al-Malik, el propio hijo de Almanzor, con un ejército a fin de reforzar al general en jefe destacado en la región, al-Fata al-KAbīr, el gran oficial esclavón, Wāđiḥ, encargado de pacificar el país con el objeto principal de controlar el comercio, mantener el flujo de oro desde el Sudán y tener en mano la recluta de mercenarios para mantener ejércitos combativos contra los cristianos del norte peninsular, en su política de legitimación por medio de la guerra santa.

‘Abd al-Malik supo responder a las esperanzas de su padre derrotando al ejército zanāta de Zīrī b. ‘Aţiyya, y entrando triunfalmente en Fez en Šawwāl de 385/septiembre de 998. Esta victoria tuvo gran resonancia en Córdoba, donde Almanzor para celebrarla manumitió y dotó a mil quinientos esclavos suyos, y ordenó el reparto de limosnas a todos los menesterosos de sus dominios.

Mientras, instalado en Fez como un auténtico virrey, ‘Abd al-Malik nombró jefes de distrito hasta Siųilmāsa, puerta del desierto y depósito del tráfico comercial transahariano; amén de someter a los habitantes de esas tierras a impuesto. En Fez, por encargo de Almanzor, hizo algunas obras edilicias, así como mejoras en la mezquita aljama de al-Qarawiyyīn. Unos meses después ‘Abd al-Malik sería llamado a Córdoba por su padre, llegando a la capital el 28 de rabī‘ II de 388/18 de abril de 999. Entretanto Wāđiḥ, el gran oficial esclavón, general en jefe de la Marca Media, volvía al norte de África para mantener la región bajo estricto orden.

La última campaña de Almanzor contra los cristianos tuvo lugar a comienzos del verano de 392/1002, y estuvo dirigida contra el territorio de la Rioja, dependiente del condado de Castilla. No se ha encontrado sobre ella noticia alguna en las fuentes. Todo lo que se sabe es que el ejército musulmán avanzó hasta Canales, localidad situada a unos cincuenta kilómetros al sudoeste de Nájera, y que, en dirección a Burgos, alcanzó el monasterio de San Millán de la Cogolla, que fue saqueado.

Al regresar de esta expedición fue cuando Almanzor murió, después de una larga enfermedad (se ha dicho que quizá de una artritis gotosa) por esa época tenía más de sesenta años. Minado por esa dolencia sabía que su fin estaba próximo y multiplicaba los signos de piedad. Se sabe que guardaba celosamente, para que lo cubriera en la tumba, el polvo de los vestidos que usaba en sus expediciones y que hacía sacudir y guardar después de cada campaña. En el camino de regreso con su ejército a Medinaceli, puesto avanzado de la Marca Media, su estado empeoró hasta el punto de tener que ser llevado en litera durante un penoso viaje de dos semanas. Llegado por fin a la plaza fronteriza, en su lecho de muerte hizo escribir sus últimas disposiciones, entregando el gobierno a su hijo ‘Abd al-Malik, conocido posteriormente como al-Muẓaffar, con precisas instrucciones de cómo había de llevarlo a feliz término.

No por ello Almanzor dejó de expresar temor de que a su muerte todo lo hecho se fuera al traste. Ciertas noticias fragmentarias, llegadas a nosotros en algunas crónicas, ponen de manifiesto su pesar por la política empleada en la frontera y de sus dudas acerca del valor de su obra, así como de la capacidad de sus hijos para mantener la situación en mano.

Almanzor murió en la noche del 27 al 28 de ramadán del año 392/9 al 10 de agosto de 1002. Se le hizo enterrar en el patio del alcázar de Medinaceli, rezando en sus exequias su hijo ‘Abd al-Raḥmān (Sanchuelo), mientras ‘Abd al-Malik se dirigía a Córdoba para asentar su poder y evitar cualquier veleidad de cambio de régimen. Al decir de Ibn ‘Iďārī, sobre la lápida marmórea de su tumba se grabaron los siguientes versos:

“Sus trazas te hablan acerca de sus noticias como si tú con los ojos las vieses. ¡Por Dios! No hubo nadie que gobernara la Península como él en verdad, ni quien condujese los ejércitos igual a él”. Está claro, como bien se ha afirmado, que la política de destrucción y remodelación del Estado cordobés permitió a Almanzor mantenerse en el poder, a costa de acabar con las estructuras que constituían el sistema: político, económico, étnico, cultural, etc.

Tras él se puede decir que el califato se extinguió de manera lamentable y miserable, nada de grandes familias de dignatarios, de presupuestos excedentarios, de coexistencia social ni étnica.

Los andalusíes no considerarán más que a un solo enemigo: los beréberes —extranjeros sin casi posibilidad de asimilarse—. Se olvidarán de los cristianos o los verán como aliados.

Y dado que al fin de cuentas los andalusíes se las tuvieron que ver con una sociedad feudal fuertemente militarizada, las posibilidades de supervivencia de un al-Andalus poderoso fueron nulas.

La política de aceifas de Almanzor engendró, en última instancia, la actitud mental cristiana que propiciaría continuos ataques de reconquista, que terminarían con la propia existencia de al-Andalus.

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